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Por Observatorium Ambiental

La Sabana de Bogotá, esa altiplanicie andina a 2.600 metros donde la capital respira, fue alguna vez un mosaico de más de 50.000 hectáreas de humedales: lagunas, totorales, juncales y turberas que regulaban el agua, filtraban contaminantes y albergaban una biodiversidad que hoy parece de otro tiempo. Estos ecosistemas, guardianes del ciclo hídrico en una cuenca cerrada, capturaban lluvias torrenciales, recargaban acuíferos y mitigaban inundaciones en una ciudad que crece sin pausa. Hoy, según el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt y la Secretaría de Ambiente de Bogotá, apenas sobreviven alrededor de 1.200 hectáreas distribuidas en 15 humedales protegidos —Torca-Guaymaral, Juan Amarillo, Córdoba, Jaboque, El Salitre, Tibanica— y muchos más reducidos a fragmentos o desaparecidos bajo urbanización, vertederos y drenajes.


El deterioro no es silencioso. En Torca-Guaymaral, el más grande de la red, las mediciones del IDEAM y estudios multitemporales muestran una pérdida acumulada de más del 70 % de su extensión original desde los años 90: el agua se enturbia con sedimentos y coliformes fecales de escorrentía urbana, los totorales se secan por extracción ilegal y contaminación, y las aves migratorias —garzas, patos cuchareta, ibis— encuentran cada vez menos alimento y refugio. En Juan Amarillo y El Salitre, rodeados de barrios densos, el vertimiento continuo de aguas residuales sin tratamiento adecuado ha convertido lagunas en estanques eutrofizados, donde algas tóxicas proliferan y el oxígeno disuelto cae a niveles que matan peces nativos como el capaz y el bagre criollo.


Lo que se pierde en estos fragmentos va más allá de la superficie visible. Los humedales actúan como esponjas vivas que absorben exceso de agua en lluvias extremas —cada vez más frecuentes por el cambio climático— y liberan humedad en sequías prolongadas. Sin ellos, Bogotá enfrenta mayor riesgo de inundaciones en localidades como Suba, Engativá y Fontibón, mientras que la recarga de acuíferos se reduce drásticamente, agravando la crisis hídrica que ya obliga a racionamientos en la ciudad. La biodiversidad sufre en silencio: especies endémicas como la rana arlequín de Bogotá o el pato colorado pierden hábitat, y las aves residentes —más de 200 especies registradas en la red de humedales— ven mermadas sus poblaciones por contaminación y ruido urbano.


La presión humana es implacable. La expansión inmobiliaria, los rellenos sanitarios mal cerrados y el cambio de uso del suelo en la Sabana han convertido humedales en potreros, canchas o lotes baldíos. En Tibanica y Meandro del Say, el avance del cemento ha fragmentado corredores ecológicos, aislando poblaciones de fauna y flora que no pueden migrar. Al mismo tiempo, el calentamiento regional —con temperaturas medias subiendo 1-1.5 °C en la altiplanicie— acelera la evaporación y altera los ciclos hidrológicos, haciendo que lagunas que antes persistían todo el año ahora se reduzcan a charcos en la temporada seca.


Sin embargo, en medio del asedio, hay resistencia. Comunidades barriales, guardianes ambientales y organizaciones como la Fundación Humedales Bogotá han tejido redes de vigilancia y restauración: limpieza participativa de canales, siembra de totora y juncos nativos, monitoreo ciudadano de calidad del agua, y campañas que han logrado declarar más áreas como protegidas. En Córdoba y El Salitre, proyectos de bioingeniería con plantas acuáticas y barreras vegetales han mejorado la filtración natural, recuperando parcialmente la transparencia del agua y el retorno de aves. Estos esfuerzos demuestran que los humedales no son reliquias del pasado: son infraestructuras verdes vivas que, con cuidado, pueden seguir protegiendo a una metrópoli de más de 8 millones de habitantes.


Los humedales de la Sabana no son un lujo paisajístico; son el último pulmón hídrico que le queda a Bogotá para respirar frente al cambio climático y al crecimiento desordenado. Cada metro cuadrado que se pierde bajo el asfalto erosiona nuestra capacidad colectiva de adaptarnos a sequías e inundaciones extremas. Cada ave que regresa a un humedal restaurado es un recordatorio de que la ciudad puede coexistir con la naturaleza si decide protegerla. La Sabana nos observa desde sus últimos espejos de agua. Si seguimos ignorándola, pronto solo quedarán recuerdos y cemento; si la escuchamos y actuamos —con políticas firmes de cero tolerancia a invasiones, restauración masiva y educación ambiental profunda—, estos fragmentos verdes pueden volver a ser la red de resiliencia que la capital tanto necesita. El agua nos está pidiendo permiso para quedarse. Démoselo antes de que se vaya para siempre.

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