Por Observatorium Ambiental | 21 de Octubre 2025
Durante medio siglo, Greenpeace ha librado una de las cruzadas más persistentes y emblemáticas en la historia del activismo ambiental: la defensa de las ballenas. Desde que sus primeros activistas se interpusieron con pequeños botes entre los arpones soviéticos y una manada de ballenas minke en 1975, la organización no ha dejado de enfrentar intereses industriales, políticos y diplomáticos que amenazan a estos gigantes del océano. Lo que comenzó como un acto de desobediencia civil se transformó en un movimiento global por la vida marina, capaz de modificar leyes internacionales y de cambiar la conciencia ecológica de generaciones enteras.
A lo largo de las últimas cinco décadas, Greenpeace ha demostrado que el activismo puede trascender los límites del espectáculo mediático para convertirse en una herramienta efectiva de transformación ambiental. Sus barcos —el Rainbow Warrior, el Esperanza y el Arctic Sunrise— se han convertido en íconos de la resistencia pacífica, navegando en los mares más hostiles para documentar, denunciar y detener la matanza de ballenas. Esta campaña no solo representa una lucha por la fauna marina, sino también una batalla por redefinir la relación de la humanidad con el océano y sus habitantes.
Las cifras evidencian la magnitud del desafío: entre 1900 y 1999 fueron cazadas más de tres millones de ballenas en el mundo, principalmente por flotas de Noruega, Japón y la extinta Unión Soviética. De acuerdo con la Comisión Ballenera Internacional (CBI), esta explotación redujo algunas poblaciones en más del 90%. La ballena azul (Balaenoptera musculus), el ser vivo más grande del planeta, pasó de más de 250.000 individuos en el siglo XIX a menos de 10.000 a finales del XX. El riesgo de extinción era tan inminente que la comunidad científica alertó sobre la posibilidad de un colapso ecológico irreversible en los ecosistemas oceánicos.
El punto de inflexión llegó en 1982, cuando la CBI aprobó la moratoria global a la caza comercial de ballenas, vigente desde 1986. Esta victoria histórica fue fruto de años de presión coordinada, campañas internacionales y acciones directas encabezadas por Greenpeace. Las imágenes de activistas poniéndose frente a arpones o documentando la sangre que teñía los mares generaron un impacto moral profundo en la opinión pública mundial. Por primera vez, millones de personas comprendieron que la caza de ballenas no era una tradición cultural inofensiva, sino una industria cruel e insostenible.
Sin embargo, el triunfo no fue absoluto. Países como Japón, Noruega e Islandia se negaron a adherirse plenamente a la moratoria o buscaron vacíos legales para continuar la caza. Japón, por ejemplo, mantuvo durante décadas una supuesta “caza científica”, amparada en el Artículo VIII de la CBI, que le permitió capturar más de 17.000 ballenas desde 1987 bajo ese pretexto. En 2019, el país se retiró formalmente de la comisión para reanudar la caza comercial en sus aguas territoriales. Islandia hizo lo propio en 2006, alegando “razones económicas” y una supuesta sobrepoblación de rorcuales comunes, pese a las advertencias de la comunidad científica.
Greenpeace ha sido uno de los actores más persistentes en denunciar estas violaciones. Sus informes anuales documentan las rutas de los balleneros, los puertos de desembarco y las operaciones encubiertas que aún continúan en el Atlántico Norte y el Pacífico Sur. El monitoreo satelital, los drones y la colaboración con universidades han permitido establecer registros precisos sobre el impacto de la caza y del cambio climático sobre las poblaciones de cetáceos. Según un reporte conjunto de 2024, el aumento de la temperatura oceánica está afectando la disponibilidad de kril —principal alimento de las ballenas barbadas—, reduciendo su abundancia hasta en un 35% en algunas zonas antárticas.
En paralelo, el incremento del tráfico marítimo y la contaminación acústica representan una amenaza creciente. Cada año, se estima que al menos 20.000 ballenas mueren por colisiones con embarcaciones o enredos con redes de pesca industrial. Los niveles de ruido submarino se han duplicado desde 1950, alterando las rutas migratorias y los patrones de comunicación de especies como la ballena jorobada (Megaptera novaeangliae). A ello se suma la contaminación química: las concentraciones de PCB y mercurio en algunos ejemplares de ballena piloto del Atlántico Norte son hasta 30 veces superiores al límite considerado seguro para mamíferos marinos.
Pero el legado de Greenpeace va más allá de las cifras. Su campaña por las ballenas marcó el nacimiento del ecologismo moderno. Inspiró una nueva forma de activismo, basada en la combinación de acción directa, comunicación estratégica y presión política. Durante los años ochenta y noventa, la organización llevó la lucha a los foros internacionales, logrando que la ONU reconociera la protección de los océanos como un eje central del desarrollo sostenible. En 1994, gracias a su presión diplomática y científica, se creó el Santuario Ballenero Austral, una zona de más de 50 millones de kilómetros cuadrados alrededor de la Antártida donde la caza está completamente prohibida.
Las campañas también han evolucionado. Hoy, Greenpeace combina expediciones marítimas con campañas digitales de alcance global. En 2021, por ejemplo, su iniciativa Protect the Oceans reunió más de 4 millones de firmas para exigir un tratado global de alta mar. Este esfuerzo culminó en marzo de 2023, cuando las Naciones Unidas aprobaron el Tratado de Biodiversidad Marina (BBNJ), considerado uno de los acuerdos ambientales más importantes del siglo XXI. El tratado busca proteger al menos el 30% de los océanos para 2030, un objetivo alineado con la visión que Greenpeace impulsa desde hace décadas.
A pesar de estos logros, la organización advierte que la amenaza contra las ballenas persiste. El cambio climático está reconfigurando los ecosistemas oceánicos, alterando las rutas migratorias y las zonas de alimentación. Estudios recientes indican que la frecuencia de varamientos masivos ha aumentado un 25% en la última década, en parte por el desplazamiento de los bancos de kril y por la pérdida de hielo marino. Además, el deshielo del Ártico abre nuevas rutas comerciales que incrementan el riesgo de colisiones fatales con grandes cetáceos.
Frente a este panorama, Greenpeace ha intensificado su enfoque científico. Colabora con instituciones como el Instituto de Investigación Marina de Noruega y la Universidad de Auckland para monitorear acústicamente las poblaciones de ballenas en el Pacífico Sur. También impulsa campañas de educación y consumo responsable, buscando reducir la demanda de productos derivados de la caza o del turismo irresponsable que acosa a los animales. “La defensa de las ballenas no se gana solo en el mar, sino también en los hábitos del consumidor”, afirma uno de sus coordinadores regionales.
En su 50° aniversario, Greenpeace reafirma su compromiso con la conservación marina y recuerda que las ballenas no son solo un símbolo de la lucha ambiental, sino piezas clave en el equilibrio climático del planeta. Los cetáceos contribuyen significativamente al ciclo del carbono: cada ballena puede capturar hasta 33 toneladas de CO₂ durante su vida, el equivalente a las emisiones anuales de cientos de automóviles. Su muerte prematura, por tanto, no solo representa una tragedia biológica, sino también una pérdida para la estabilidad del clima global.
Cinco décadas después, las imágenes de los primeros activistas siguen resonando como un llamado a la conciencia. Aquellos hombres y mujeres que se enfrentaron a los arpones sin más escudo que su convicción demostraron que la valentía y la ética pueden cambiar la historia. Greenpeace, con sus luces y controversias, ha dejado una huella indeleble en la defensa de los océanos. Su mensaje, hoy más vigente que nunca, nos recuerda que la verdadera grandeza de una civilización se mide por la forma en que protege a las criaturas más majestuosas de la Tierra.
“Mientras exista un arpón, habrá una voz que lo enfrente. Mientras haya océanos, habrá quienes los defiendan.”
