Imagen de portada: Vista aérea de la deforestación en el Bosque Nacional Jamanxim, Pará, Brasil. Foto: PARALAXIS / Shutterstock.com
Los ríos voladores son una de las manifestaciones más asombrosas e invisibles del ciclo del agua en Sudamérica. Se trata de corrientes de vapor de agua transportadas por la atmósfera desde el Atlántico hacia el interior del continente, un fenómeno vital que sostiene las lluvias sobre la Amazonía y los Andes tropicales. Sin embargo, un reciente estudio del Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP) alerta que la deforestación masiva en Brasil está alterando drásticamente este sistema natural, afectando el clima y los ecosistemas de Perú y Bolivia.
El análisis indica que el sureste de la Amazonía peruana y el norte de la Amazonía boliviana se encuentran entre las zonas más vulnerables al llamado punto de inflexión o tipping point, momento en el que la selva tropical perdería su capacidad de regeneración y se transformaría en una sabana seca. Este riesgo, antes teórico, ahora se perfila como un proceso acelerado por la destrucción de millones de hectáreas de bosque en Brasil.
Los investigadores del MAAP explican que los ríos voladores nacen del Atlántico, donde la evaporación oceánica genera una gran masa de humedad que se desplaza hacia el oeste. Al llegar a la Amazonía, los árboles actúan como bombas naturales: liberan a la atmósfera el agua absorbida por sus raíces mediante la transpiración, recargando las nubes y generando un reciclaje de lluvia que alimenta los ecosistemas continentales. Sin embargo, cuando se eliminan los bosques, ese ciclo se interrumpe y el flujo de humedad se debilita.
Según el investigador Matt Finer, del Programa MAAP, los bosques de la Amazonía peruana reciben el 100 % de su lluvia del Atlántico, y la mitad de esa agua depende directamente del reciclaje de humedad dentro del bosque. “Si se destruye ese sistema, no solo se pierde biodiversidad: se rompe la conexión atmosférica que sostiene la vida en gran parte del continente”, advierte. Finer también recalca que el Parque Nacional del Manu, en el sureste del Perú, está en el corazón de esta zona crítica, y podría enfrentar una reducción significativa de precipitaciones en las próximas décadas.
La científica Corine Vriesendorp, de Conservación Amazónica (ACCA), señala que los ríos voladores son un sistema interdependiente: “La lluvia que cae en Bolivia o Perú no es local, sino producto de un ciclo que empieza miles de kilómetros al este. Por eso, cuidar el bosque brasileño es también proteger el agua andina”. Esta interconexión continental revela una verdad incómoda: la conservación ya no puede entenderse por fronteras nacionales.
El informe del MAAP advierte que la deforestación en Brasil tiene un efecto en cascada. Los flujos de humedad, que tradicionalmente viajaban sobre bosques continuos del norte amazónico, ahora deben cruzar extensas zonas degradadas por incendios, tala y expansión agrícola. En la temporada seca, esos corredores atmosféricos se debilitan aún más, reduciendo las lluvias que llegan a los Andes y afectando la estabilidad climática global.
En Bolivia, los impactos ya son evidentes. Marlene Quintanilla, de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), explica que cada árbol amazónico puede bombear hasta mil litros de agua diarios a la atmósfera. “Cuando la deforestación elimina estos árboles, se reduce la humedad atmosférica y las lluvias se vuelven irregulares”, señala. En regiones como la Chiquitanía, la pérdida de lluvia está provocando sequías prolongadas, estrés hídrico y colapso agrícola. En los Andes, el retroceso de glaciares y lagunas es otro reflejo del debilitamiento del ciclo hídrico.
El estudio también muestra que las alteraciones en los ríos voladores no solo afectan la Amazonía, sino que repercuten hasta en las zonas agrícolas del sur de Brasil, Paraguay, el norte de Argentina y Colombia. A medida que disminuye la humedad transportada por la atmósfera, las temporadas de lluvia se acortan y el inicio de la estación húmeda se retrasa, creando una peligrosa espiral de sequía, fuego y pérdida forestal.
“Imagina un motor de agua que impulsa la vida en todo el continente —dice la ecóloga María Elena Gutiérrez—. Cuando se quita el bosque, ese motor se detiene. Y eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en Brasil”. La científica enfatiza que la Amazonía no es solo un ecosistema, sino una infraestructura biológica de la Tierra, capaz de regular los flujos de humedad que sostienen los ríos, los cultivos y el clima del planeta.
Los expertos coinciden en que, si bien Perú y Bolivia han avanzado en conservar áreas protegidas como el Manu, ningún parque puede sobrevivir aislado de los procesos atmosféricos continentales. El desafío, sostienen, es coordinar políticas ambientales regionales que incluyan a Brasil, pues “no habrá selva sin lluvia, ni lluvia sin bosque”.
La conclusión del MAAP es clara: preservar los ríos voladores significa proteger el agua, el clima y la vida de todo un continente. Cada árbol perdido en la Amazonía brasileña es una nube menos sobre los Andes.
“Cuidar la Amazonía es cuidar el cielo que nos da de beber. Solo cuando entendamos que el agua también vuela, aprenderemos a protegerla antes de que se evapore para siempre.”
Observatorium Ambiental – Síntesis científica y ecológica (2025)


