Hoy, 1 de diciembre de 2025, la atmósfera nos regala una noticia que brilla como un rayo de luz en medio de la tormenta climática: el agujero de ozono antártico ha alcanzado su tamaño más pequeño desde 2019, según datos conjuntos de Copernicus, NASA y NOAA. La capa protectora que nos defiende de la radiación ultravioleta mortal se está recuperando lentamente gracias al Protocolo de Montreal, el único tratado ambiental universal que realmente funciona. Es una victoria histórica, una prueba contundente de que cuando la humanidad decide actuar unida, puede sanar al planeta. Pero en Observatorium Ambiental no celebramos con champán: celebramos con los puños cerrados, porque esta buena noticia llega mientras el resto del sistema climático arde sin control.
Porque mientras el ozono se recupera, el CO₂ sigue rompiendo récords, los glaciares se derriten a velocidad de pesadilla y los océanos se acidifican sin pausa. El agujero de ozono se cierra porque eliminamos los CFC, sustancias que también eran potentes gases de efecto invernadero. Irónicamente, al salvar la capa de ozono salvamos también algo de clima… pero no suficiente. El Protocolo de Montreal demuestra que es posible prohibir sustancias tóxas a escala global y hacer que funcione. Entonces, ¿por qué seguimos tolerando que el petróleo, el carbón y el gas sigan destruyendo el planeta sin un tratado equivalente? Esta es la pregunta que quema hoy más que cualquier rayo UV.
En la Antártida, el agujero alcanzó este año un máximo de apenas 22 millones de km², muy por debajo del récord de 29 millones de 2000 y el más pequeño desde que el mundo empezó a tomar en serio la amenaza. Los científicos de Copernicus destacan que la recuperación es “clara y sostenida”, proyectando que para 2066 la capa de ozono volverá a niveles de 1980. Pero no nos engañemos: aunque el agujero se cierre, los daños ya hechos siguen ahí. Australia y Chile recuerdan cada verano los cánceres de piel, los daños a fitoplancton y la debilidad inmunológica en pingüinos y focas. La cicatriz permanece aunque la herida deje de sangrar.
Y aquí está el contraste brutal del 2025: mientras celebramos que un tratado de 1987 funciona, la COP30 terminó hace semanas sin acuerdos vinculantes para eliminar combustibles fósiles. El mismo mundo que logró prohibir los CFC en tiempo récord ahora se arrastra, paralizado por intereses petroleros, mientras la temperatura global supera 1,5 °C. El Protocolo de Montreal nos dio la receta: ciencia clara, prohibición global, plazos estrictos y sanciones comerciales. ¿Por qué no aplicamos exactamente la misma fórmula al carbono? La respuesta es tan sencilla como indignante: porque nadie se hace multimillonario vendiendo ozono, pero sí vendiendo petróleo.
En América Latina sentimos esta contradicción en la piel. Mientras el agujero de ozono se reduce, Perú sufre radiación extrema en la sierra, Chile pierde cultivos por estrés UV y Patagonia registra tasas récord de melanoma. Los pueblos indígenas aymara y mapuche, que nunca emitieron un gramo de CFC, pagan el precio de una crisis que no crearon. Y ahora, cuando por fin empezamos a sanar esa herida, les pedimos que esperen “transiciones justas” mientras las petroleras siguen perforando. Es una burla.
El 1 de diciembre debería ser declarado Día Mundial de la Vergüenza Climática. Porque hoy tenemos la prueba irrefutable de que sí sabemos cómo salvar el planeta cuando queremos. Eliminamos los CFC aunque afectaba refrigeradores, aerosoles y espumas. Lo hicimos rápido, lo hicimos todos, lo hicimos aunque costara dinero. Y funcionó. Entonces, ¿qué excusa tenemos para no hacer lo mismo con el carbón, el petróleo y el gas metano que están cocinando vivo al mundo?
Desde Observatorium Ambiental gritamos: ¡usemos el Protocolo de Montreal como modelo YA! Un tratado de eliminación progresiva de fósiles con plazos, sanciones comerciales y apoyo económico a países en desarrollo. Si pudimos salvar el ozono en menos de 40 años, podemos descarbonizar en 25. La tecnología existe, el precedente existe, la urgencia grita desde los glaciares que se derriten y los arrecifes que mueren.
Este 1 de diciembre no brindamos por la victoria del ozono. Brindamos por la furia que nos da ver que sí se puede, y que aún así no lo hacemos. El agujero se cierra, pero el planeta sigue ardiendo. Que esta noticia no sea consuelo: que sea combustible. Que sea la bofetada que despierte a gobiernos, empresas y ciudadanos. Porque si salvamos el cielo una vez, podemos salvarlo todo.
El ozono nos demostró que la humanidad es capaz de grandeza cuando se lo propone. Ahora depende de nosotros demostrarlo otra vez, antes de que sea demasiado tarde. El 2025 termina con una cicatriz que se cierra… y con un mundo que aún podemos salvar. Manos a la obra. El tiempo de las excusas se acabó.
