Páramos de Santander, agua y adaptación climática

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 Por Observatorium Ambiental

9 de Noviembre del 2025 | Ecosistemas de alta montaña

En las alturas del departamento de Santander, donde el viento frío corta como una hoja afilada y las nubes se enredan en las cumbres, el Páramo de Santurbán se extiende como una esponja viva que captura la niebla y la transforma en agua pura. Este ecosistema, ubicado a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, no es solo un paisaje de frailejones erguidos y lagunas cristalinas: es la fábrica natural de agua que abastece a millones de habitantes en Bucaramanga, Floridablanca y otras ciudades del oriente colombiano. Para las comunidades indígenas y campesinas que lo habitan, el páramo representa un territorio sagrado, un proveedor de vida y un baluarte contra los embates del cambio climático.


Los páramos de Santander, que abarcan complejos como Santurbán y Berlín, albergan una biodiversidad única: más de 400 especies de plantas vasculares, incluyendo el emblemático frailejón (Espeletia spp.), que actúa como captador de humedad atmosférica. Estos ecosistemas regulan el ciclo hídrico, almacenan carbono en sus suelos turbosos —hasta cuatro veces más que un bosque tropical por hectárea— y mitigan inundaciones y sequías en las cuencas bajas. Según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Colombia posee el 50% de los páramos del mundo, con Santander contribuyendo significativamente a esta riqueza: sus páramos suministran agua a cerca del 70% de la población regional, apoyando agricultura, hidroelectricidad y consumo humano.


Sin embargo, esta alcancía del cielo enfrenta amenazas crecientes. En las últimas décadas, Santander ha perdido aproximadamente el 10% de su cobertura de páramo debido a la expansión agrícola, la ganadería extensiva y la minería informal. El cambio climático agrava la crisis: proyecciones del IDEAM indican un aumento de temperaturas de hasta 2°C para 2030 en la región andina, lo que acelera la evaporación, reduce la niebla y provoca la retracción de glaciares cercanos. En Santurbán, la sequía prolongada ha afectado la regeneración de especies endémicas, mientras que la contaminación por mercurio de actividades mineras ilegales compromete la calidad del agua. "El páramo es nuestra madre tierra; si se seca, nos secamos con él", advierte María Elena Vargas, líder comunitaria de la vereda Vetas, quien ha visto cómo las lagunas se encogen y los frailejones amarillean bajo el sol más intenso.


Protecting the páramos in Colombia – The Esperanza Project

Las prácticas insostenibles profundizan el deterioro. La introducción de especies exóticas, como el pino para reforestación mal planificada, altera el equilibrio ecológico, mientras que la presión minera —a pesar de prohibiciones legales como la Ley 1930 de 2018— persiste en zonas periféricas. En 2025, el Gobierno nacional avanzó en la delimitación de páramos como Santurbán, protegiendo el 51% del área nacional bajo figuras como Parques Nacionales y Reservas Naturales. No obstante, el 24% de Santurbán aún carece de protección plena, dejando vulnerables sus humedales y turberas a la explotación.


En este contexto de urgencia, surge una respuesta colectiva y esperanzadora. El proyecto "Páramos para la Vida", impulsado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en alianza con la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (CDMB) y comunidades locales, promueve la restauración ecológica y la gobernanza participativa. Más de 5.000 hectáreas han sido rehabilitadas mediante la siembra de frailejones nativos, la erradicación de invasoras y la creación de corredores biológicos que conectan páramos con bosques andinos. Jóvenes indígenas de los resguardos Guane y Barichara lideran monitoreos con drones y sensores remotos, integrando conocimiento ancestral con tecnología para detectar cambios en tiempo real.

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“Estamos tejiendo alianzas para que el páramo no sea solo un recurso, sino un legado vivo”, explica Javier Ortiz, coordinador del proyecto en Santander. “Las comunidades son las guardianas; su participación asegura que la conservación sea sostenible y equitativa”. Este enfoque integral incluye educación ambiental en escuelas locales y alternativas económicas como el ecoturismo responsable y la producción de miel de abejas nativas, reduciendo la dependencia de prácticas destructivas. Mujeres como María Elena juegan un rol central: organizan brigadas de siembra y defienden el territorio en foros regionales, empoderando voces históricamente marginadas.


Desde una perspectiva climática global, los páramos de Santander son sumideros clave en la Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC 3.0) de Colombia, que busca restaurar 100.000 hectáreas de ecosistemas degradados para 2030. Su protección mitiga el calentamiento al capturar CO2 y regula el clima local, previniendo extremos que afectan a todo el oriente colombiano. Como señala el pescador y guardián ambiental Luis Fernando Gómez: “Si perdemos el páramo, perdemos el agua y la paz. Pero con estos esfuerzos, estamos sembrando futuro”.

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En Floridablanca y sus alrededores, donde el agua del páramo llega a los hogares, esta lucha es un recordatorio de interdependencia. Proteger estos ecosistemas no es solo conservar biodiversidad; es garantizar justicia climática, equidad social y resiliencia para generaciones venideras. En un mundo donde el cambio climático no espera, experiencias como la de Santurbán demuestran que la acción local, anclada en el conocimiento comunitario, puede ser la clave para un planeta sostenible.

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