Páramos, fuentes hídricas, resiliencia climática y justicia territorial

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 Por Observatorium Ambiental

1 de Noviembre de 2025 | Ecosistemas altoandinos

En las alturas de la Cordillera Oriental, donde el viento frío corta la piel y la niebla abraza frailejones centenarios, el páramo de Chingaza-Sumapaz-Guerrero se extiende como una esponja viva que sostiene la vida de millones. Este paisaje de musgos, turberas y lagunas altoandinas, ubicado en Cundinamarca y Meta, no es solo un ecosistema único: es la principal reserva de agua de Bogotá y sus alrededores. Sus suelos orgánicos, capaces de almacenar hasta 338 toneladas de carbono por hectárea en los primeros 30 cm (y hasta 2.000 toneladas en turberas), convierten a los páramos colombianos en sumideros de carbono más eficientes que muchos bosques tropicales. Colombia alberga cerca de 2,9 millones de hectáreas de páramos —el 50% del total mundial—, que regulan el agua para más de 17 millones de personas y capturan lluvia para liberarla lentamente a ríos y acueductos.


Sin embargo, estos guardianes del agua enfrentan una degradación acelerada. El 13% de los páramos del país ha sido transformado por agricultura intensiva (siembra de papa y cebolla), ganadería extensiva, quema y compactación de suelos, que erosionan y convierten estos ecosistemas en emisores netos de carbono. El calentamiento global agrava la crisis: proyecciones indican un aumento de temperatura de hasta 1,5 °C en escenarios moderados, con menos lluvias que secan las turberas y reducen la infiltración. En la Cordillera Oriental, la degradación alcanza el 18%, y solo el 51% de los complejos paramunos cuenta con figuras de conservación jurídica. La sequía de 2024 en Chingaza, que llevó a racionamientos en Bogotá, fue un aviso claro: sin páramos sanos, la seguridad hídrica colapsa.


Para las comunidades rurales que habitan estas alturas, el páramo es sustento, identidad y supervivencia. En Guatavita, la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Guatavita (Ameg), conformada por 40 mujeres, ha transformado su relación con el ecosistema. Producen lácteos sostenibles —yogurt, arequipe, kumis y queso— bajo marcas como Carbo Lac y Simqua, aplicando prácticas que protegen el agua y evitan el sobrepastoreo. “Aprendimos que si se cuida el agua, hay más leche. Y si hay más leche, hay más producto. Eso nos cambió la forma de ver nuestra ganadería”, relata Gilma Rodríguez Jiménez, miembro de Ameg. Esta transición hacia sistemas silvopastoriles —que integran árboles, pastos y ganado rotacional— permite coexistir con el páramo sin destruirlo, reteniendo jóvenes en el territorio y fomentando una economía diversificada.


Frente a esta amenaza, surge el proyecto histórico “Somos Agua, Somos Páramo”, específicamente el componente “Ordenamiento alrededor del agua y adaptación climática en el paisaje Chingaza–Sumapaz–Guerrero–Guacheneque”. Lanzado en 2025 con una inversión de más de 12.320 millones de pesos, liderado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, el Fondo para la Vida y la Biodiversidad, la RAP-E Región Central, la Gobernación de Cundinamarca, Conservation International Colombia y organizaciones locales, este esfuerzo busca restaurar 800 hectáreas de ecosistemas estratégicos (páramos, bosques andinos y humedales), reconvertir 180 hectáreas de agrosistemas a prácticas sostenibles e instalar 32 estaciones de monitoreo climático y de biodiversidad.


El enfoque es integral y comunitario: prioriza 14 microcuencas estratégicas en 14 municipios de Cundinamarca (como Guasca, Guatavita, Sesquilé, Cogua y Choachí) y Meta, además de la localidad de Usme en Bogotá. Las acciones incluyen restauración ecológica pasiva (reducción de disturbios para permitir regeneración natural), cercado de fuentes hídricas, siembra de especies nativas, compostaje y manejo rotacional del ganado. En el Parque Natural Regional Vista Hermosa de Monquentiva (14.437 hectáreas), un centro experimental desde hace más de dos décadas, se ha revertido daños de ganadería y minería antigua en menos de 4-5 años, pasando de emisor a acumulador de carbono.


La participación local es clave. Comunidades formulan planes colectivos de adaptación climática en microcuencas y fincas, mientras que el conocimiento ancestral se integra con ciencia: estudios desde 2010 muestran que la pérdida de materia orgánica afecta la infiltración y el ciclo hídrico. “Si perdemos ese carbono, estamos perdiendo agua”, advierte Conrado Tobón, de la Universidad Nacional. Patricia Bejarano, de Conservación Internacional, enfatiza: “Revertir un daño ecológico toma tiempo… no se puede tener un proyecto exitoso si las comunidades no tienen bienestar”.

Este modelo no solo recupera biodiversidad y resiliencia climática, sino que fortalece la gobernanza territorial y reduce vulnerabilidades. Los páramos restaurados regulan mejor el agua, mitigan emisiones y protegen contra sequías extremas. El proyecto incluye la formulación del Plan de Manejo del Parque Vista Hermosa y el registro de nuevas reservas naturales de la sociedad civil, dejando capacidades instaladas en el territorio.


Experiencias como la de Guatavita inspiran otros páramos, desde Guantiva-La Rusia en Boyacá hasta iniciativas nacionales como Páramos para la Vida del PNUD. En palabras de una productora local: “El páramo nos da agua, nos da vida. Cuidarlo es cuidarnos a nosotros mismos”. En un país donde el agua escasea y el clima cambia, los páramos demuestran que la restauración no es solo ambiental: es una apuesta por la justicia territorial, el bienestar comunitario y la supervivencia colectiva. Proteger estas esponjas del cielo no es preservar un paisaje lejano; es asegurar el futuro de millones que dependen de su silencio húmedo y su firmeza ancestral.

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