Enero 6 del 2026 | Transición Energética — Clima y Desarrollo
La transición hacia energías renovables se ha convertido en uno de los pilares centrales de la lucha contra el cambio climático. Paneles solares, parques eólicos y baterías de litio simbolizan un futuro bajo en carbono que promete reducir las emisiones y transformar los sistemas energéticos. Sin embargo, en América Latina, una región históricamente marcada por la extracción intensiva de recursos naturales, surge una pregunta cada vez más urgente: ¿la transición energética representa un cambio estructural o la continuidad de un nuevo modelo extractivista con rostro verde?
Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), América Latina cuenta con una de las matrices energéticas más limpias del mundo, gracias a su alta participación de fuentes hidroeléctricas, solares y eólicas. Países como Chile, Brasil y Uruguay han logrado avances significativos en la incorporación de energías renovables no convencionales. No obstante, expertos en sostenibilidad advierten que el despliegue acelerado de estas tecnologías no está exento de impactos ambientales y sociales.
Uno de los ejes más sensibles es la extracción de minerales estratégicos, como el litio, el cobre y el níquel, esenciales para la fabricación de baterías, turbinas y paneles solares. El llamado “triángulo del litio”, conformado por Argentina, Bolivia y Chile, concentra más del 50 % de las reservas mundiales conocidas. Investigaciones del Centro de Estudios del Desarrollo Sostenible de la CEPAL señalan que la minería de litio, especialmente en salares andinos, puede generar una alta presión sobre los recursos hídricos, afectando ecosistemas frágiles y comunidades indígenas.
La expansión de megaproyectos solares y eólicos también ha generado tensiones territoriales. En regiones como La Guajira, en Colombia, y el istmo de Tehuantepec, en México, comunidades locales han denunciado procesos de consulta insuficientes y distribución desigual de los beneficios. Para la socióloga ambiental Maristella Svampa, la transición energética corre el riesgo de reproducir las lógicas del extractivismo tradicional si no incorpora justicia social, participación comunitaria y planificación territorial.
Desde una perspectiva climática, las energías renovables son indispensables. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha sido enfático en que la descarbonización rápida del sistema energético es clave para limitar el calentamiento global a 1,5 °C. Sin embargo, el propio IPCC reconoce que las soluciones climáticas deben evaluarse también por sus impactos sociales y ambientales, evitando que la transición genere nuevas desigualdades.
Algunos países de la región exploran enfoques alternativos. Uruguay, por ejemplo, ha sido citado por la Agencia Internacional de Energía como un caso exitoso de transición energética planificada, con fuerte regulación estatal y participación pública. En Brasil, iniciativas de energía solar distribuida buscan democratizar el acceso a la generación eléctrica, reduciendo la dependencia de grandes proyectos centralizados.
La discusión sobre la transición energética también incluye el concepto de transición justa, promovido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Este enfoque subraya la necesidad de proteger a los trabajadores, crear empleos verdes de calidad y garantizar que las comunidades afectadas por el cierre de actividades fósiles o la expansión de renovables no queden excluidas del proceso.
En Colombia, el debate se intensifica en un contexto de cambio en la política energética. Investigadores del sector ambiental y energético coinciden en que el país enfrenta el reto de diversificar su matriz sin repetir errores del pasado, apostando por renovables que respeten los ecosistemas y fortalezcan las economías locales. La clave, señalan, está en integrar la planificación energética con la conservación ambiental y los derechos territoriales.
La transición energética no es solo un desafío tecnológico, sino profundamente político y cultural. Requiere redefinir la relación entre energía, territorio y desarrollo, y reconocer que no todas las soluciones “verdes” son automáticamente sostenibles. Como advierten los analistas, descarbonizar no basta si no se transforma el modelo de consumo y producción.
En Observatorium Ambiental entendemos que la transición energética solo será auténtica si reduce emisiones sin profundizar desigualdades ni sacrificar territorios. Una energía verdaderamente limpia no puede construirse sobre nuevas formas de despojo.
Cuando la energía cambia de fuente, pero no de conciencia, la transición se queda a mitad de camino.
