Manglares que sostienen la vida: Cuerval y la resistencia azul del Pacífico colombiano

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Por Observatorium Ambiental
17 de enero de 2026 | Ecosistemas costeros — Manglares, resiliencia y justicia climática

En la remota costa pacífica de Colombia, donde el océano golpea con fuerza persistente las orillas del departamento del Cauca, el pueblo de Cuerval se levanta sobre pilotes de madera que desafían mareas, temporales y el olvido institucional. Este asentamiento, suspendido entre la tierra firme y el agua salobre, no es una rareza arquitectónica: es la expresión viva de una relación ancestral entre comunidades afrodescendientes y los manglares, esos bosques anfibios que respiran al ritmo del mar y sostienen la vida en uno de los litorales más biodiversos del planeta.


Los manglares de Cuerval no son simples formaciones vegetales. Son infraestructuras naturales de alto valor ecológico y social. Albergan al menos 128 especies de aves registradas, funcionan como zonas de cría para peces, crustáceos y moluscos, y actúan como una barrera protectora frente a tormentas, marejadas y la erosión costera, fenómenos que se intensifican con el cambio climático. Para las comunidades locales, estos ecosistemas representan alimento, ingreso, identidad cultural y una cosmovisión profundamente ligada al agua y al bosque.

Sin embargo, este patrimonio natural se encuentra bajo una amenaza silenciosa pero constante. En las últimas cuatro décadas, Colombia ha perdido aproximadamente el 14 % de sus manglares, lo que equivale a cerca de 50.000 hectáreas desaparecidas. En el litoral caucano, la combinación de erosión costera, aumento del nivel del mar, deforestación, tala ilegal, minería de oro informal y contaminación ha acelerado un proceso de degradación que compromete tanto la biodiversidad como la seguridad alimentaria de las comunidades ribereñas.




Las prácticas extractivas insostenibles profundizan esta crisis. El vertimiento de petróleo en el barro para facilitar la extracción de la almeja piangua (Anadara tuberculosa) contamina suelos y cuerpos de agua, afectando la regeneración natural del manglar. A esto se suma la pesca excesiva en zonas de refugio, la expansión de monocultivos de coco hacia la franja costera y la presión demográfica sobre un ecosistema que necesita tiempo y equilibrio para renovarse.

“Sin su protección, todo nos golpea más fuerte”, relata Yolanda Garcés Ortiz, recolectora de piangua y guardiana del manglar desde hace décadas. Al recordar una tormenta reciente que destruyó parte de su vivienda, su testimonio se convierte en una radiografía del impacto climático en los territorios olvidados. “El viento se me llevó la mitad de la casa… Los cambios climáticos vienen y nosotros no nos damos cuenta. Los manglares son la única protección que tenemos”, afirma, dejando claro que la pérdida del ecosistema es también la pérdida de seguridad y dignidad.



Para Yolanda y muchas mujeres del Pacífico, el manglar es sinónimo de autonomía. “Cuando no tengo dinero para alimentar a mis hijos, salgo, recojo piangua y la vendo. Es mi fuente de ingresos. Para nosotras, el manglar es vida”. Esta economía de subsistencia, profundamente feminizada, depende de la salud del ecosistema, y su deterioro impacta de forma directa a quienes históricamente han sostenido el hogar y el territorio.

En este escenario crítico, emerge una iniciativa que ofrece un horizonte distinto. El proyecto Cuerval Sostenible, impulsado por el Centro y Red de Tecnología Climática de la ONU (CTCN), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Corporación Autónoma Regional del Cauca (CRC), apuesta por la restauración de manglares como estrategia de adaptación climática, construcción de paz y fortalecimiento comunitario.





El enfoque del proyecto es integral y participativo. Jóvenes, adultos y líderes comunitarios trabajan de manera colectiva en la siembra de miles de plántulas de mangle, la eliminación de especies invasoras y la reapertura de canales naturales bloqueados, permitiendo el retorno de las mareas y la recuperación de los flujos ecológicos. Estas acciones se articulan con prácticas ancestrales, como la rotación de áreas de recolección, que garantizan la regeneración del recurso.

La incorporación de tecnología ha fortalecido este proceso. El uso de drones, imágenes satelitales y monitoreo comunitario permite identificar zonas críticas, evaluar la salud del manglar y regular la extracción de manera informada. Lejos de imponer soluciones externas, estas herramientas se convierten en aliados del conocimiento local, potenciando la toma de decisiones desde el territorio.

“Estamos sembrando manglares para que el ecosistema se sostenga y para que nuestras hijas e hijos tengan futuro”, señala Gilma Marina Angulo, representante de la Corporación del Cauca. “El proyecto deja capacidad local instalada, porque nuestra economía depende directamente del manglar”. Esta visión conecta conservación ambiental con desarrollo social, rompiendo la falsa dicotomía entre protección y bienestar.

El Consejo Comunitario de Cuerval administra de forma colectiva más de 2.700 hectáreas de manglar, y la restauración es liderada por quienes habitan el territorio. Las mujeres, principales recolectoras de piangua, cumplen un rol central. Sus normas tradicionales —extraer solo ejemplares adultos y proteger los juveniles— constituyen un sistema de manejo sostenible que hoy es reconocido y fortalecido.


“Nuestras mujeres ahora son más expresivas, más visibles”, destaca Gilma. “Somos las que sostenemos la familia, el hogar y el ecosistema”. Al reconocer su liderazgo, el proyecto no solo restaura manglares, sino que transforma relaciones sociales, empoderando a quienes históricamente han sido invisibilizadas.


La recuperación del ecosistema también reduce tensiones sociales. Cuando los recursos escasean, los conflictos aumentan; cuando el manglar se regenera y existen reglas claras, se convierte en un bien común que une. La conservación deja de ser una imposición externa y se consolida como una estrategia colectiva de supervivencia.

Desde una perspectiva global, los manglares de Cuerval cumplen una función climática estratégica. Son sumideros de carbono altamente eficientes, capaces de almacenar más carbono por hectárea que muchos bosques terrestres. Su protección contribuye a las metas nacionales de restauración ecológica y a los compromisos de Colombia en materia de mitigación y adaptación al cambio climático.


Estos bosques azules también regulan el clima local, filtran contaminantes, fijan sedimentos y sostienen cadenas ecológicas que conectan ríos, estuarios, arrecifes y mar abierto. Su degradación tendría efectos en cascada sobre todo el Pacífico colombiano, demostrando que la crisis ambiental no reconoce fronteras administrativas.

El impacto del modelo de Cuerval ya trasciende su territorio. Otros consejos comunitarios observan con atención esta experiencia que combina tradición, ciencia y gobernanza local. Como afirma el pescador Diego Alfredo Vélez Cortés: “Si no hay manglar, no hay pescado ni piangua. Todo se desmorona. Pero con este proyecto, mi familia vivirá más feliz. Es un tesoro que se queda”.

Yolanda Garcés resume el espíritu de esta resistencia azul: “Estamos recuperando nuestro manglar y nuestra vida. Por eso queremos protegerlo”. En Cuerval, donde el mar y la tierra se funden, la defensa de los manglares es una lección profunda para el mundo: no hay adaptación climática sin justicia social, ni conservación posible sin comunidades que cuidan, habitan y aman su territorio.

Proteger los manglares no es solo conservar árboles en el agua; es sostener culturas, economías locales y una de las defensas naturales más eficaces frente al cambio climático. En un planeta cada vez más vulnerable, experiencias como la de Cuerval demuestran que la solución no siempre llega desde arriba, sino desde las raíces que, firmes en el barro, siguen sosteniendo la vida.



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