Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga, febrero 2026
En las calles de Bucaramanga, Bogotá, Medellín y otras ciudades andinas y de piedemonte, el dengue ya no es una amenaza estacional lejana; se ha convertido en un compañero constante que aprovecha cada recipiente olvidado, cada llanta acumulada y cada cambio climático para multiplicarse. El Aedes aegypti, ese mosquito pequeño, negro con rayas blancas, encuentra en el calentamiento urbano —temperaturas medias que suben 1-2 °C en las últimas décadas— y en lluvias irregulares el ambiente perfecto: ciclos de vida más rápidos, mayor supervivencia de huevos y larvas, y expansión altitudinal hacia zonas antes consideradas seguras. El IDEAM y el Instituto Nacional de Salud reportan en 2025-2026 un incremento significativo de casos en Santander y Norte de Santander, con brotes que superan los registros históricos y afectan barrios periféricos donde el agua potable es intermitente y los tanques o baldes se convierten en criaderos involuntarios.
El mosquito no discrimina. En patios, terrazas y calles de estratos bajos y medios, cualquier objeto que acumule agua limpia por más de 7-10 días —llantas viejas, floreros, botellas plásticas, tanques sin tapa— se transforma en incubadora. El calor acelera el desarrollo de las larvas de 10-15 días a apenas 7-8, y la hembra puede poner hasta 200 huevos en múltiples sitios, dispersando el virus con facilidad. En Bucaramanga, donde las olas de calor han sido más frecuentes, los casos se concentran en comunas como Provenza, Comuneros y Mutis, donde la densidad poblacional y la precariedad en saneamiento crean condiciones ideales. El virus circula en cuatro serotipos, y cuando una persona infectada previamente con uno contrae otro, el riesgo de dengue grave —hemorragias, choque y fallo orgánico— se multiplica.
Lo que empieza como fiebre alta, dolor de cabeza intenso, náuseas y erupciones cutáneas puede escalar rápidamente en niños, ancianos y personas con comorbilidades. Hospitales saturados, como el Universitario de Santander o el Erasmo Meoz en Cúcuta durante picos recientes, ven aumentar las hospitalizaciones por dengue con signos de alarma: dolor abdominal severo, vómitos persistentes, sangrado en encías o mucosas. Familias enteras viven en alerta, con mosquiteros improvisados y repelentes que no siempre alcanzan, mientras el vector sigue activo al amanecer y atardecer, entrando por ventanas sin mallas en barrios de crecimiento desordenado.
El cambio climático actúa como catalizador silencioso. Temperaturas más altas extienden la temporada de transmisión más allá de los meses lluviosos tradicionales, y fenómenos como La Niña o El Niño intensificados traen lluvias torrenciales que dejan charcos y acumulan agua en techos y desagües. En ciudades andinas como Bucaramanga, el ascenso del mosquito a altitudes mayores —hasta 2.000-2.200 msnm en algunos reportes— significa que zonas antes libres de dengue ahora enfrentan riesgos nuevos, agravando la carga sobre sistemas de salud ya tensionados por otras enfermedades emergentes.
Aun en esta marea ascendente, hay acciones que marcan diferencia. Comunidades en barrios vulnerables organizan jornadas de eliminación de criaderos, fumigación focalizada con apoyo del Ministerio de Salud, y campañas de educación que enseñan a tapar tanques, voltear baldes y usar larvicidas biológicos en pozos. En Bucaramanga, el programa de vigilancia entomológica ha incorporado monitoreo ciudadano y apps para reportar sitios de cría, mientras que proyectos de saneamiento básico —mejor recolección de basuras y manejo de aguas lluvias— reducen la densidad larvaria en sectores críticos. Estas respuestas no curan el problema de raíz, pero demuestran que el dengue no es inevitable: con prevención colectiva y adaptación urbana, se puede contener su avance.
El dengue urbano no es solo una enfermedad transmitida por un mosquito; es el síntoma visible de ciudades que crecen sin planificar el agua, el calor y la equidad. Cada larva en un balde olvidado, cada caso grave en un hospital, es un recordatorio de que el cambio climático no actúa solo en glaciares o selvas lejanas: entra por nuestras ventanas y se reproduce en nuestros patios. Cada acción pequeña —voltear un recipiente, instalar mallas, educar a un vecino— es un acto de defensa colectiva. Si no enfrentamos esta amenaza con urgencia —mejorando saneamiento, controlando temperaturas urbanas con más verde y exigiendo políticas nacionales de adaptación—, el Aedes aegypti seguirá ganando terreno. Pero si escuchamos las alertas y actuamos en comunidad, nuestras ciudades pueden seguir siendo lugares donde la vida florece, no donde el virus se propaga. El mosquito nos observa desde cada gota estancada. Démosle menos oportunidades antes de que sea demasiado tarde.




