El Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe (Acuerdo de Escazú), ratificado por Colombia mediante la Ley 2273 de 2022 y con alcance precisado por la Corte Constitucional en la Sentencia C-359 de 2024, constituye el primer instrumento vinculante que integra derechos humanos y protección ambiental en la región. En enero de 2026, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MinAmbiente) abrió una consulta pública —vigente hasta el 19 de febrero— para definir la Hoja de Ruta de Acciones Prioritarias, elaborada con apoyo técnico de la CEPAL y una Mesa Técnica Interinstitucional. Esta hoja propone 23 acciones concretas para implementar los artículos 3 al 10 del tratado, enfocándose en cerrar brechas como la opacidad en licencias ambientales, la exclusión de comunidades étnicas en procesos de consulta y la persistente impunidad en agresiones contra defensores ambientales.
La consulta busca garantizar una implementación efectiva mediante la futura Comisión Intersectorial para el Acuerdo de Escazú, instancia de coordinación permanente que definirá metas, indicadores y plazos. Las acciones prioritarias abordan directamente los pilares del tratado: el artículo 5 (acceso a información ambiental clara, oportuna y comprensible), el artículo 7 (participación pública incidente en decisiones que afectan ecosistemas) y el artículo 8 (justicia accesible, gratuita y con medidas cautelares rápidas). Organizaciones como Mongabay Latam y Holland & Knight resaltan que este proceso participativo es esencial para transformar el acuerdo de papel a realidad, especialmente en un contexto donde Colombia enfrenta desafíos estructurales en gobernanza ambiental.
La urgencia de la implementación se evidencia en la crisis climática actual. En febrero de 2026, frentes fríos en el Caribe han generado precipitaciones extremas —hasta niveles sin precedentes en Córdoba y Sucre—, provocando inundaciones masivas que han afectado a más de 69.000 familias, causado al menos 15 muertes y declarado emergencias en varios departamentos. El IDEAM mantiene alertas hidrológicas en rojo para ríos como el Sinú y el Cauca, con pronósticos de nuevas crecientes a partir del 20 de febrero. La Defensoría del Pueblo subraya que estos desastres combinan factores naturales con ocupación de zonas de riesgo, degradación de ecosistemas y fallas en planificación territorial, problemas que Escazú busca mitigar mediante participación informada y justicia efectiva.
En territorios vulnerables como el Caribe y el Pacífico, la participación comunitaria es fundamental. Manglares como Rhizophora mangle y Avicennia germinans funcionan como barreras naturales contra inundaciones y erosión costera, pero su degradación por proyectos de infraestructura sin consulta adecuada ha exacerbado impactos. El tratado obliga a consultas efectivas, oportunas y culturalmente adecuadas, incorporando saberes ancestrales de pueblos indígenas y afrodescendientes en planes de adaptación climática. Expertos de la CEPAL advierten que sin inclusión real, las respuestas a eventos extremos permanecerán reactivas, desiguales y poco resilientes.
El acceso a información ambiental presenta barreras persistentes. Aunque el IDEAM emite alertas y boletines, muchas comunidades ribereñas reciben datos tardíos, incompletos o en formatos no accesibles, limitando preparación ante crecientes súbitas. El Acuerdo exige información actualizada, comprensible y disponible en lenguas indígenas, con plataformas digitales y mecanismos offline para zonas rurales. La hoja de ruta propone fortalecer estos sistemas, pero su éxito depende de financiamiento sostenido, capacitación y articulación interinstitucional para evitar que la brecha informativa perpetúe vulnerabilidades.
La justicia ambiental sigue siendo el pilar más débil. Procesos por daños ambientales —contaminación minera ilegal, incumplimientos en licencias o impactos de megaproyectos— enfrentan demoras crónicas y barreras económicas. El artículo 8 promueve instancias accesibles y gratuitas, con medidas cautelares rápidas. La propuesta incluye fortalecer la Jurisdicción Especial para la Paz en casos de conflicto armado-ambiental y crear observatorios ciudadanos, pero organizaciones como Greenpeace insisten en reformas al Código de Procedimiento Administrativo para reducir impunidad y garantizar reparación efectiva.
La protección de defensores ambientales es crítica y urgente. Colombia continúa liderando las estadísticas globales de violencia contra ambientalistas, con incrementos reportados en 2025-2026 ligados a economías ilegales en territorios amazónicos y pacíficos. El artículo 9 obliga al Estado a investigar, sancionar y prevenir agresiones, con protocolos de prevención y alertas tempranas. La hoja de ruta incluye alianzas con la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo, pero expertos demandan presupuesto dedicado y coordinación robusta para que la violencia no disuada la participación ciudadana en defensa del ambiente.
En el escenario político de 2026 —año preelectoral—, el compromiso se pone a prueba. La ministra (e) Irene Vélez Torres impulsa la consulta como avance alineado con el Plan Nacional de Desarrollo y compromisos internacionales como el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres. Sin embargo, tensiones entre intereses extractivos (hidrocarburos en la Amazonía) y protección ambiental podrían diluir prioridades si no se prioriza la justicia climática y la democracia ambiental.
Proyecciones del IPCC e IDEAM indican que, sin mecanismos sólidos de Escazú, la vulnerabilidad socioambiental se intensificará con eventos hidrometeorológicos extremos más frecuentes, afectando seguridad alimentaria, salud pública y economía en regiones expuestas. Una implementación plena reduciría conflictos, fortalecería resiliencia comunitaria y alinearía Colombia con estándares regionales de gobernanza ambiental.
En síntesis, el Acuerdo de Escazú ofrece un marco transformador para democratizar la gestión ambiental. Su éxito en 2026 depende de acciones concretas: transparencia informativa plena, participación inclusiva y protección decidida de defensores, en un momento donde la crisis climática exige respuestas participativas, equitativas y preventivas.






