Deforestación en rebote en la Amazonía colombiana: la ganadería y las vías ilegales desafían las reducciones parciales

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Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga

En las profundidades del noroccidente de la Amazonía colombiana, donde los parques nacionales naturales como Tinigua y La Macarena se funden con resguardos indígenas, el bosque primario cede terreno ante potreros irregulares y cicatrices de caminos sin autorización. A principios de 2026, las alertas tempranas del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) revelaron un repunte preocupante: en el cuarto trimestre de 2025 se registraron 36.129 hectáreas deforestadas en la Amazonía colombiana, 16.330 hectáreas más que en el mismo período de 2024. Este incremento contribuyó a que la pérdida anual total para 2025 alcanzara cerca de 72.409 hectáreas, un 6% más respecto al año anterior.

El fenómeno se concentra en departamentos como Caquetá, Meta y Guaviare, donde se identificaron 21 núcleos activos de deforestación que superan las 36.000 hectáreas en ese último trimestre. Aunque entre enero y septiembre de 2025 se había observado una reducción acumulada del 25% (de unas 48.500 hectáreas en 2024 a 36.280 en 2025), el cierre del año mostró que las presiones estructurales persisten y se aceleran en zonas de frontera agrícola. Esta dinámica no es aislada: en las últimas dos décadas, parques como La Macarena han perdido 66.133 hectáreas de bosque, equivalentes al 11,7% de su cobertura de 1990.


La Amazonía colombiana forma parte del bioma más extenso y biodiverso del planeta, un mosaico de selva húmeda tropical que actúa como regulador climático global mediante los “ríos voladores” —vapores de agua que genera la transpiración masiva de millones de árboles y que alimentan precipitaciones en gran parte de Sudamérica—. Cada hectárea de bosque primario almacena cientos de toneladas de carbono y alberga procesos ecológicos complejos: la hojarasca y los microorganismos del suelo reciclan nutrientes en un sistema de baja fertilidad natural, mientras que la densa canopia mantiene la humedad y atenúa la erosión. Cuando se elimina este dosel, se desencadenan mecanismos físicos y biológicos en cascada: mayor exposición solar eleva la temperatura del suelo, acelera la mineralización de la materia orgánica y favorece la invasión de pastos exóticos, reduciendo drásticamente la capacidad de regeneración natural.

Científicos del Instituto Humboldt y la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) han documentado cómo la expansión ganadera impulsa este cambio. Entre 2018 y 2024, en municipios clave del arco de deforestación como La Macarena el hato ganadero creció de 84.893 a 289.069 cabezas (un aumento de más de 204.000 animales); en Cartagena del Chairá pasó de 160.465 a 448.360, y en San Vicente del Caguán alcanzó las 955.534 cabezas. Estas cifras ilustran una tendencia clara: la conversión de bosque a pastura extensiva, muchas veces precedida por quema y apertura de vías ilegales —se construyeron 623,6 km de caminos no autorizados en La Macarena entre 2007 y 2025, de los cuales 76,9 km solo entre abril 2024 y marzo 2025.


¿Qué provoca exactamente este rebote? No se trata solo de colonos individuales, sino de causas estructurales: el acaparamiento de tierras impulsado por expectativas de titulación irregular, la demanda de carne en mercados nacionales e internacionales, y la debilidad del control territorial que permite la construcción de infraestructura ilegal. Las vías facilitan el acceso a madera valiosa, abren paso a cultivos de coca en algunos sectores y consolidan la frontera ganadera. Actores involucrados incluyen ganaderos locales y medianos, redes de acaparadores, y en ocasiones economías ilícitas que operan con tolerancia variable por parte de autoridades locales. El Estado, a través del MinAmbiente y Corpoamazonía, ha impulsado programas como Visión Amazonía y “Conservar Paga”, que han logrado reducciones en parques nacionales del 25%, pero la presencia institucional sigue siendo insuficiente en vastas zonas de resguardos y territorios colectivos.

Los intereses en juego son primordialmente económicos y territoriales: la ganadería extensiva genera ingresos rápidos en regiones con pocas alternativas productivas legales, mientras que la tierra deforestada adquiere valor especulativo para futuros títulos o ventas. Políticamente, persiste la tensión entre la meta nacional de reducir la deforestación (compromisos ante el Acuerdo de París y REDD+) y la presión por desarrollo rural en zonas históricamente marginadas. Las comunidades indígenas y campesinas asumen los costos sociales más directos: pérdida de recursos para caza, pesca y recolección, alteración de ciclos hidrológicos que afecta la seguridad alimentaria, y mayor vulnerabilidad a sequías e inundaciones exacerbadas por la crisis climática. Ecológicamente, el impacto recae sobre la biodiversidad amazónica: fragmentación de hábitats reduce poblaciones de especies clave como primates, aves frugívoras y felinos, mientras que la emisión de carbono almacenado acelera el calentamiento global.


Datos cuantificables refuerzan la escala: la Amazonía concentra alrededor del 68% de la deforestación nacional histórica; entre 1985 y 2024 se perdieron 2,5 millones de hectáreas de bosque amazónico colombiano (6,4% de su cobertura). Comparativamente, la pérdida en 2025 (72.409 ha) es inferior a picos anteriores como 2021 (cerca de 113.000 ha a nivel nacional), pero el repunte del 6% en el último año contrasta con la reducción del 25% en los primeros nueve meses de 2025, señalando una tendencia de volatilidad ligada a ciclos de quema y acceso vial. La degradación por incendios y sequía asociada amplifica los efectos, emitiendo carbono en cantidades que superan a veces los modelos predictivos.

El análisis crítico revela vacíos persistentes: aunque existen boletines trimestrales del IDEAM y esfuerzos de monitoreo satelital, la caracterización detallada de agentes y cadenas de comercialización de la carne o madera proveniente de áreas deforestadas sigue siendo incompleta. Debilidades institucionales son evidentes en la limitada articulación entre control militar, judicial y ambiental, permitiendo que vías ilegales se consoliden antes de cualquier intervención. Lo que no se dice con suficiente fuerza es que los incentivos económicos para deforestar —precios de la tierra y ganadería— suelen superar a los pagos por conservación en muchas zonas, y que el modelo extractivista predominante choca con la necesidad de transitar hacia economías basadas en bosques en pie, como propone la hoja de ruta 2026-2030 discutida en espacios como la FILBo.


La tensión es real: por un lado, compromisos internacionales y reducciones puntuales en áreas protegidas; por el otro, la expansión silenciosa de la frontera agrícola que amenaza con cruzar umbrales irreversibles de tipping points amazónicos, donde la selva podría pasar de sumidero a fuente neta de carbono. Esta contradicción expone cómo modelos de desarrollo basados en conversión de ecosistemas siguen priorizando ganancias cortoplacistas sobre la resiliencia a largo plazo, en un contexto de cambio climático que ya multiplica sequías e incendios en la región.

Mientras Colombia avanza en sistemas de monitoreo y programas de pago por servicios ecosistémicos, el caso de la Amazonía en 2025-2026 ilustra que las victorias parciales no bastan si no se abordan las causas profundas de la ocupación territorial y se fortalecen gobernanzas locales con participación real de comunidades. De lo contrario, el rebote observado puede convertirse en tendencia dominante, comprometiendo no solo la biodiversidad y los servicios climáticos de uno de los pulmones del planeta, sino también la viabilidad de acuerdos globales contra la pérdida de bosques y el calentamiento.

Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.

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