Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga
Durante cinco días consecutivos de mayo de 2026, la ciudad de Valledupar registró temperaturas de hasta 38 °C, una cifra que supera ampliamente su promedio histórico de 34,2 °C. Al mismo tiempo, municipios del Caribe colombiano comenzaron a entrar en alerta roja por incendios forestales, mientras la vegetación seca, los vientos intensos y la ausencia de lluvias convertían amplias zonas del país en combustible disponible. El fenómeno no ocurrió en medio de una temporada seca extraordinaria ni bajo un evento meteorológico aislado: ocurrió mientras Colombia empieza a ingresar nuevamente en condiciones asociadas al fenómeno de El Niño, sobre un planeta que ya atraviesa el año más cálido registrado hasta ahora.
El aumento térmico reportado por el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) durante la primera semana de mayo no se distribuyó de manera homogénea. La región Caribe concentró aproximadamente el 65 % de las alertas activas por incendios forestales, mientras municipios de la región Andina también comenzaron a registrar condiciones críticas. Entre el 1 y el 8 de mayo, las alertas amarillas por incendios pasaron de 7 a 42, las naranjas de 0 a 55, y las rojas llegaron a 24 municipios, cuando al inicio del mes no existía ninguno en esa categoría. Más que una anomalía pasajera, los datos revelan una aceleración abrupta del riesgo climático.
La situación adquiere una dimensión más grave al observar el contexto global. Entre enero y mayo de 2026 se quemaron más de 160 millones de hectáreas en el planeta, la cifra más alta registrada desde que el Sistema Mundial de Información sobre Incendios Forestales comenzó a consolidar datos satelitales en 2012. La temperatura superficial del océano alcanzó máximos históricos, el hielo marino ártico descendió a niveles críticos y científicos del Imperial College de Londres advirtieron que la combinación entre calentamiento global y el retorno de El Niño podría desencadenar una segunda mitad del año especialmente severa para regiones tropicales y subtropicales. América Latina aparece entre las zonas más vulnerables debido a la simultaneidad entre estrés hídrico, degradación ecosistémica y expansión de incendios.
En Colombia, el fenómeno se está manifestando sobre ecosistemas que ya llegan debilitados. Los bosques secos tropicales del Caribe —uno de los ecosistemas más amenazados del país— han perdido más del 90 % de su cobertura original según investigaciones del Instituto Humboldt y distintos estudios ecológicos desarrollados durante las últimas décadas. Estos sistemas funcionan como reguladores térmicos naturales: almacenan carbono, mantienen humedad local y amortiguan variaciones climáticas extremas. Cuando la temperatura aumenta y la humedad disminuye, la vegetación pierde agua mediante evapotranspiración, aumentando la acumulación de biomasa seca y facilitando incendios de rápida propagación. No se trata únicamente de “más calor”: se trata de una alteración física del equilibrio hídrico del paisaje.
La ciencia climática ha demostrado que los eventos extremos actuales no pueden explicarse únicamente por variabilidad natural. Investigaciones sintetizadas por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) muestran que la atmósfera terrestre contiene hoy concentraciones de dióxido de carbono superiores a cualquier periodo de los últimos 800.000 años. Ese exceso de gases de efecto invernadero intensifica la capacidad de la atmósfera para retener calor, altera patrones oceánicos y amplifica fenómenos climáticos como El Niño. En otras palabras, El Niño sigue siendo un fenómeno natural, pero ahora ocurre sobre un sistema climático artificialmente calentado por combustibles fósiles, deforestación y modelos extractivos intensivos.
El impacto no es solamente meteorológico. Las altas temperaturas están alterando procesos ecológicos esenciales. En ecosistemas tropicales secos, el estrés térmico reduce la productividad vegetal, modifica patrones reproductivos de aves e insectos y disminuye la disponibilidad de agua para anfibios y pequeños mamíferos. Las especies adaptadas históricamente a rangos climáticos relativamente estables enfrentan ahora variaciones abruptas que alteran sus ciclos biológicos. Investigaciones ecológicas recientes muestran que incluso incrementos promedio de entre 1,5 °C y 2 °C pueden desencadenar cambios significativos en comportamiento animal, migración y supervivencia de especies sensibles al calor extremo.
Mientras tanto, la respuesta institucional continúa siendo predominantemente reactiva. Los boletines oficiales del IDEAM incluyen recomendaciones para apagar fogatas, evitar residuos inflamables y fortalecer sistemas de respuesta local, pero existe poca discusión pública sobre las causas estructurales que amplifican el problema: expansión urbana desordenada, degradación de coberturas vegetales, pérdida de humedales y ausencia de estrategias robustas de adaptación climática. Colombia ratificó recientemente el Acuerdo de Escazú y anunció una hoja de ruta ambiental con 23 acciones prioritarias, pero la implementación avanza lentamente en un país donde las capacidades territoriales siguen siendo profundamente desiguales.
La tensión económica detrás de la crisis también permanece parcialmente oculta. Las regiones más vulnerables al calor extremo coinciden frecuentemente con territorios atravesados por actividades extractivas, expansión agroindustrial y presión inmobiliaria. El Caribe colombiano ha experimentado durante años procesos acelerados de transformación territorial asociados a ganadería extensiva, urbanización y pérdida de cobertura natural. Cada hectárea deforestada disminuye capacidad de regulación térmica y aumenta vulnerabilidad frente a sequías e incendios. Sin embargo, gran parte del discurso público continúa presentando los incendios como accidentes inevitables y no como síntomas de un modelo territorial ecológicamente insostenible.
Las consecuencias sociales comienzan a ser visibles. Las poblaciones rurales y periféricas son quienes enfrentan con mayor intensidad la combinación entre calor extremo, escasez hídrica y deterioro ambiental. En muchos municipios, los sistemas de abastecimiento de agua ya operan bajo estrés creciente, mientras trabajadores agrícolas, comunidades campesinas y habitantes urbanos sin acceso adecuado a refrigeración quedan expuestos a riesgos sanitarios asociados a golpes de calor, enfermedades respiratorias e incendios de cobertura vegetal. La crisis climática no distribuye impactos de manera democrática: golpea con mayor fuerza a quienes tienen menos capacidad de adaptación.
Lo más preocupante es que Colombia todavía discute estos eventos como emergencias temporales y no como señales de transformación climática estructural. Los datos muestran una tendencia clara: aumento sostenido de temperaturas extremas, expansión de alertas por incendios y mayor variabilidad climática regional. El problema ya no es predecir si el calentamiento global afectará al país, sino comprender hasta qué punto las instituciones, ciudades y ecosistemas pueden resistir una aceleración climática que avanza más rápido que las políticas públicas. Mientras el discurso ambiental internacional sigue atrapado entre promesas de transición energética y metas de carbono, los territorios comienzan a experimentar las consecuencias físicas inmediatas de décadas de dependencia fósil, degradación ecológica y planificación ambiental insuficiente. Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica
