El último hielo de El Cocuy: cómo Colombia perdió otro glaciar mientras el país seguía mirando hacia abajo

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Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga


En marzo de 2026, técnicos del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales confirmaron que el glaciar de los Cerros de la Plaza, ubicado en la Sierra Nevada de Güicán dentro del Parque Nacional Natural El Cocuy, había desaparecido completamente. Lo que durante décadas fue una masa visible de hielo tropical en las montañas orientales de Colombia terminó reducido a roca desnuda y humedad residual a más de 4.800 metros de altitud. El anuncio no representó únicamente la pérdida de un paisaje emblemático de alta montaña: significó la extinción física de un ecosistema glaciar completo en uno de los países más biodiversos del planeta.


La desaparición ocurrió en un territorio ecológicamente estratégico. La Sierra Nevada de El Cocuy, localizada entre los departamentos de Boyacá, Arauca y Casanare, alberga sistemas de páramo, lagunas altoandinas y nacimientos hídricos fundamentales para miles de personas aguas abajo. Los glaciares tropicales cumplen una función reguladora crítica: almacenan agua en temporadas húmedas y liberan caudales gradualmente durante periodos secos. Aunque pequeños frente a los gigantes de Groenlandia o la Antártida, los glaciares andinos son piezas esenciales del equilibrio hídrico de montaña en América Latina.


El glaciar extinguido no desapareció de forma repentina. Según datos oficiales del IDEAM, hacia mediados del siglo XIX los Cerros de la Plaza tenían aproximadamente 5,5 kilómetros cuadrados de cobertura glaciar. En 2016 apenas conservaban 0,15 kilómetros cuadrados. Diez años después, la cifra llegó a cero. La pérdida equivale a una reducción superior al 97 % de su superficie histórica en poco más de un siglo, pero lo verdaderamente inquietante es la velocidad reciente del colapso: gran parte del retroceso final ocurrió durante las últimas dos décadas, coincidiendo con el aumento acelerado de temperaturas globales.


La ciencia climática lleva años advirtiendo este escenario. Estudios publicados en PLOS Climate durante marzo de 2026 señalan que Colombia enfrenta una aceleración sostenida en el retroceso glaciar debido al incremento de temperatura atmosférica, alteraciones en precipitación de nieve y reducción de la capacidad reflectiva del hielo. Los glaciares tropicales son especialmente vulnerables porque existen cerca del límite térmico de estabilidad: pequeñas variaciones de temperatura generan pérdidas desproporcionadas de masa glaciar. A diferencia de sistemas polares más extensos, los glaciares andinos poseen menor capacidad de recuperación frente al calentamiento.


El fenómeno tiene un componente físico preciso. El hielo refleja gran parte de la radiación solar mediante un mecanismo conocido como albedo. Cuando el glaciar disminuye, la roca oscura expuesta absorbe más calor, acelerando aún más el derretimiento restante. Es un ciclo de retroalimentación climática. A eso se suma la reducción de nieve estacional y el aumento de partículas contaminantes atmosféricas —como carbono negro proveniente de combustión fósil e incendios— que oscurecen la superficie glaciar y aumentan su absorción térmica. El problema ya no es solamente la pérdida de hielo: es la alteración completa de la dinámica energética de alta montaña.


La desaparición de los Cerros de la Plaza convierte a Colombia en uno de los países tropicales con mayor velocidad de pérdida glaciar en Sudamérica. A comienzos del siglo XX el país tenía al menos 14 glaciares importantes; hoy sobreviven apenas seis masas glaciares principales distribuidas en nevados como el Ruiz, Santa Isabel, Tolima y la Sierra Nevada de Santa Marta. Venezuela ya perdió la totalidad de sus glaciares tropicales en 2024, convirtiéndose en el primer país andino moderno sin hielo permanente. Colombia avanza rápidamente hacia un escenario similar.


Pero el impacto no se limita al paisaje. Los glaciares sostienen microecosistemas extremadamente especializados. La reducción del hielo modifica la temperatura de quebradas altoandinas, altera flujos de nutrientes y transforma hábitats utilizados por microorganismos, insectos y especies adaptadas al frío extremo. Investigaciones ecológicas muestran que muchos organismos de montaña poseen rangos térmicos muy estrechos; cuando desaparece el hielo, desaparecen también condiciones ambientales que tardaron miles de años en estabilizarse. El derretimiento glaciar afecta además humedales de páramo que funcionan como esponjas hídricas naturales para regiones enteras.


Sin embargo, la discusión pública colombiana rara vez aborda la dimensión estructural del problema. La desaparición glaciar suele presentarse como una consecuencia abstracta del “cambio climático”, evitando discutir responsabilidades concretas. Colombia aporta una fracción relativamente baja de emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero su economía sigue profundamente vinculada a modelos extractivos intensivos en carbono: petróleo, carbón y expansión agroindustrial. Mientras el país participa en cumbres internacionales climáticas y anuncia metas de transición energética, continúa dependiendo fiscalmente de industrias que alimentan el calentamiento global.


La contradicción también es internacional. Los países industrializados responsables de la mayor parte de emisiones históricas concentran recursos tecnológicos y financieros para adaptación climática, mientras regiones tropicales enfrentan impactos desproporcionados con menor capacidad institucional. Los glaciares colombianos prácticamente no contribuyeron al problema climático global, pero se encuentran entre las primeras víctimas visibles de un sistema económico construido durante dos siglos sobre combustibles fósiles. La pérdida de hielo en El Cocuy es local en su geografía, pero profundamente global en sus causas.


Los vacíos institucionales resultan evidentes. Aunque el IDEAM mantiene monitoreo glaciar y sistemas satelitales de observación, Colombia aún carece de una estrategia integral robusta para enfrentar la desaparición progresiva de ecosistemas criosféricos. Gran parte de la atención pública continúa enfocada en eventos extremos inmediatos —inundaciones, incendios o sequías— mientras procesos lentos como el colapso glaciar reciben cobertura episódica pese a sus enormes implicaciones hídricas y ecológicas. Incluso dentro de la agenda climática nacional, los glaciares tropicales permanecen relativamente invisibles frente a otros debates ambientales más mediáticos.


Lo más inquietante es que la desaparición del glaciar de los Cerros de la Plaza no constituye una anomalía futura ni una advertencia distante. Es un evento consumado. Ocurrió ya. Mientras millones de personas continúan percibiendo la crisis climática como una discusión política abstracta o una amenaza proyectada para finales de siglo, Colombia acaba de perder otro ecosistema irrecuperable en tiempo real. El hielo que desapareció en El Cocuy no volverá bajo las condiciones climáticas actuales. Y cada glaciar tropical que desaparece deja algo más que roca expuesta: deja evidencia física de que el calentamiento global dejó de ser predicción para convertirse en geografía. Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.

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