Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga
Imagina remar en una canoa a través de canales que siempre han sido vías de vida, y de pronto las palas se enredan en una masa verde densa que emerge del fondo, como si el lecho mismo de la ciénaga hubiera decidido reclamar el espacio. En las comunidades palafíticas de Nueva Venecia y Buenavista, en el corazón del Sistema Delta Estuarino del Río Magdalena, esta no es una escena hipotética: es la realidad cotidiana desde finales de 2024 y que se agravó notablemente en los primeros meses de 2026. La Hydrilla verticillata, una planta acuática sumergida originaria del sudeste asiático, ha transformado uno de los humedales costeros más importantes de Colombia en un laberinto vegetal que desafía la supervivencia misma de sus habitantes y su rica biodiversidad.
La Ciénaga Grande de Santa Marta, ubicada en el departamento del Magdalena en la costa Caribe colombiana, es el humedal costero más extenso del país, con aproximadamente 45.000 hectáreas en su núcleo principal y parte de un complejo mayor de más de 528.000 hectáreas declarado Sitio Ramsar en 1998 y Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 2000. Este ecosistema deltaico-estuarino funciona como una zona de transición entre agua dulce del río Magdalena y salada del mar Caribe, creando gradientes de salinidad que sustentan manglares, pastos marinos y una extraordinaria diversidad de especies. Su relevancia actual radica en la acelerada expansión de la invasora en el complejo lagunar de Pajarales, donde condiciones de dulcificación —provocadas por mayor ingreso de agua dulce y cambios climáticos— han creado un hábitat ideal para su proliferación, justo cuando el país busca fortalecer la resiliencia de sus humedales ante la crisis climática.
¿Qué está ocurriendo exactamente? Desde octubre de 2024, pero con un avance dramático documentado en 2025 y persistente en mayo de 2026, la Hydrilla verticillata se ha extendido rápidamente en el fondo de las lagunas, formando densas mats vegetales que, al combinarse con el buchón de agua (Eichhornia crassipes), crean tapetes casi impenetrables. Un análisis satelital reveló que cubre el 59% del complejo Pajarales, equivaliendo a cerca de 36 kilómetros cuadrados en pocos meses.
Las causas estructurales no son solo la llegada accidental de la planta —probablemente vía caños artificiales desde el Magdalena o escapes de acuarios—. Se enraízan en la alteración histórica del equilibrio hidrológico del delta: diques ilegales, deforestación en la cuenca alta, aumento de sedimentos y nutrientes por contaminación, y los efectos de El Niño/La Niña que modifican los flujos de agua dulce y salada. La dulcificación excesiva favorece especies oportunistas como esta.
Intervienen la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag), el Invemar, el Ministerio de Ambiente, investigadores como Horst Salzwedel de CEMarin, y las comunidades palafíticas organizadas. Científicos del Instituto Humboldt e Invemar aportan monitoreo, mientras pescadores y líderes locales como Jhon Cantillo documentan en terreno los impactos diarios. Empresas y actividades upstream en la cuenca también juegan un rol indirecto.
Los intereses en juego son económicos —pesca artesanal, turismo incipiente y seguridad alimentaria local versus presiones de desarrollo regional y agrícola upstream— y territoriales, donde comunidades ancestrales palafíticas luchan por mantener su modo de vida acuático frente a dinámicas extractivas y de infraestructura que alteran el delta. Políticamente, tensiona los compromisos de conservación Ramsar y metas nacionales de biodiversidad.
Los costos ecológicos y sociales recaen principalmente sobre las comunidades locales y la fauna acuática. Más de 2.500-3.500 personas en pueblos como Nueva Venecia ven obstaculizada su principal fuente de ingreso y proteína: la pesca. Niños y enfermos enfrentan demoras en acceso a educación y salud por dificultad de navegación. Ecológicamente, la planta desplaza hábitats nativos y altera cadenas tróficas.
Los impactos medibles son alarmantes: cobertura del 59% en Pajarales (de ~70 ha iniciales a ~3.600 ha); reducción significativa de oxígeno disuelto por descomposición; al menos dos remociones piloto insuficientes en 2025-2026. Comparado temporalmente con su ausencia previa al 2024, representa una tendencia de expansión exponencial; geográficamente, contrasta con control exitoso en Cundinamarca años atrás. La escala es local-intensa pero con potencial regional en el Caribe colombiano.
Desde la capa científica, la Hydrilla verticillata (familia Hydrocharitaceae) es una angiosperma acuática altamente adaptable: se reproduce vegetativamente por fragmentos, turiones y semillas, con crecimiento vertical rápido que forma densas colonias. En ecosistemas estuarinos como la Ciénaga, compite por luz, nutrientes (nitrógeno, fósforo) y espacio con macrófitas nativas, reduciendo la fotosíntesis subacuática y oxígeno. Esto afecta el comportamiento de peces —menor oxigenación lleva a mortalidades— y biodiversidad de invertebrados y aves que dependen de claros y pastos. Mecanismos químicos incluyen liberación de aleloquímicos que inhiben competidores, y físicos como el estancamiento que favorece eutrofización.
Datos clave interpretados: la planta consume nutrientes masivamente antes de descomponerse, potencialmente causando hipoxia masiva (baja de oxígeno) que ya amenaza pesquerías; en humedales similares a nivel global, invasoras como esta han reducido poblaciones de especies nativas en más del 50% en pocos años. Aquí, la tendencia es clara: sin restauración hidrológica, el 3% actual en el total de la ciénaga podría escalar rápidamente, exacerbando pérdida de biodiversidad en un hotspot que alberga cientos de especies de aves, peces y manglares.
El análisis crítico expone vacíos: aunque hay alertas desde 2024, las respuestas han sido lentas y fragmentadas, con remociones manuales insuficientes frente a su capacidad reproductiva. Debilidades institucionales incluyen la falta de un plan de manejo Ramsar actualizado plenamente operativo y coordinación upstream-downstream en la cuenca del Magdalena. Lo que no se dice abiertamente es cómo la priorización de actividades económicas en la cuenca alta perpetúa la dulcificación, y contradicciones entre declaratorias de protección y realidades operativas.
La tensión es real y cotidiana. Comunidades exigen acciones estructurales —restaurar flujos salinos, remover diques ilegales— mientras enfrentan respuestas paliativas. Responsables estructurales abarcan alteraciones históricas del delta por infraestructura y contaminación, con Corpamag e instituciones nacionales en la línea de frente. Este conflicto ilustra la vulnerabilidad de humedales ante especies invasoras facilitadas por cambio climático y modelos de desarrollo que ignoran conectividad ecosistémica, en el marco de la crisis global de biodiversidad y Acuerdo de París.
La historia de la Hydrilla en la Ciénaga Grande no es solo la de una planta que crece demasiado: es la de un ecosistema que grita por equilibrio hidrológico y gestión integrada. Su avance pedagógico nos enseña que los humedales costeros como este son laboratorios vivos de interdependencia —donde un desbalance upstream resuena en la supervivencia downstream—, urgiendo una transición hacia manejo adaptativo que integre ciencia, conocimiento local y acción decidida antes de que la invasión silenciosa se vuelva irreversible.
Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.