
Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga
En los últimos días de mayo de 2026, pescadores de la Ciénaga Grande de Santa Marta comenzaron a reportar un fenómeno que, aunque recurrente, adquiere dimensiones cada vez más alarmantes: la aparición masiva de peces muertos flotando en aguas someras, especialmente en sectores cercanos a caños obstruidos y zonas con alta carga orgánica. Las autoridades ambientales, incluyendo el INVEMAR y el Ministerio de Ambiente, confirmaron que se trata de un evento asociado a hipoxia, es decir, una drástica reducción del oxígeno disuelto en el agua que compromete la vida acuática.
El hecho es medible y tiene precedentes. Durante los primeros días del evento, se estimó la muerte de más de 10 toneladas de peces, afectando especies clave para la pesca artesanal. Mediciones preliminares indicaron niveles de oxígeno disuelto por debajo de 2 mg/L, cuando la mayoría de especies requiere al menos 5 mg/L para sobrevivir. Esta caída abrupta confirma un sistema ecológico bajo estrés extremo.
La causa no es única ni reciente. La Ciénaga Grande, uno de los complejos lagunares más importantes del Caribe, ha sido intervenida durante décadas por obras de infraestructura, expansión agrícola y alteraciones hidrológicas. La construcción de vías y la sedimentación de caños han reducido el flujo de agua entre el río Magdalena y el sistema lagunar, limitando la renovación hídrica. Este aislamiento parcial favorece la acumulación de materia orgánica y nutrientes.
Desde la ciencia ecológica, el fenómeno se explica por un proceso de eutrofización. El exceso de nutrientes —principalmente nitrógeno y fósforo provenientes de actividades agrícolas y descargas residuales— estimula el crecimiento de algas y microorganismos. Cuando estos organismos mueren y se descomponen, consumen grandes cantidades de oxígeno, generando condiciones hipóxicas o incluso anóxicas. Es un proceso químico-biológico que transforma un ecosistema productivo en un ambiente hostil.
Los actores involucrados reflejan una compleja red de responsabilidades. Agricultores en la cuenca del Magdalena, autoridades ambientales regionales, entidades nacionales y comunidades locales interactúan en un sistema donde las decisiones aguas arriba impactan directamente el equilibrio ecológico aguas abajo. Sin embargo, la articulación institucional ha sido históricamente débil, lo que dificulta respuestas integrales.
El impacto en biodiversidad es profundo. La Ciénaga alberga más de 140 especies de peces, además de aves, reptiles y manglares que dependen de condiciones hidrológicas estables. La mortandad recurrente no solo reduce poblaciones, sino que altera relaciones tróficas, afectando depredadores y modificando la estructura del ecosistema. Investigaciones del INVEMAR han documentado cambios en la composición de especies, con disminución de aquellas más sensibles al oxígeno bajo.
Comparativamente, eventos similares han ocurrido en años anteriores, pero la frecuencia ha aumentado. Mientras que en la década de 2000 estos episodios se registraban de forma esporádica, en los últimos cinco años se han reportado al menos dos a tres eventos anuales, lo que indica una tendencia de deterioro progresivo. En contraste, sistemas lagunares con mejor conectividad hídrica en la región Caribe presentan menor incidencia de estos eventos.
Las comunidades pesqueras son las más afectadas. En municipios como Pueblo Viejo y Sitio Nuevo, la pesca es la principal fuente de sustento. La pérdida de biomasa pesquera no solo implica ingresos reducidos, sino inseguridad alimentaria. Se estima que más de 5.000 familias dependen directamente de la Ciénaga, lo que convierte cada evento de mortandad en una crisis social.
A nivel físico, la reducción del flujo hídrico también incrementa la temperatura del agua, lo que disminuye aún más la solubilidad del oxígeno. Este efecto, combinado con el cambio climático, agrava la situación. El aumento de la temperatura superficial del agua en la región Caribe, estimado en cerca de 0,2 °C por década, contribuye a condiciones más propensas a la hipoxia.
El análisis crítico revela una desconexión persistente entre restauración ecológica y desarrollo económico. Aunque existen proyectos de recuperación de caños y reconexión hídrica, estos avanzan lentamente frente a la velocidad del deterioro. Además, la expansión agrícola intensiva continúa aportando nutrientes al sistema, sin controles efectivos sobre escorrentía y uso de fertilizantes.
A nivel global, este caso se inscribe en la problemática de zonas muertas, áreas donde la falta de oxígeno impide la vida acuática. Según la ONU, existen más de 400 zonas hipóxicas en el mundo, muchas asociadas a actividades humanas. La Ciénaga Grande se perfila como un caso crítico en el Caribe, donde la combinación de factores locales y globales intensifica el riesgo.
Los vacíos de información siguen siendo un obstáculo. Aunque se cuenta con monitoreo puntual, no existe un sistema continuo de alerta temprana que permita anticipar eventos de hipoxia. Esta limitación reduce la capacidad de respuesta y deja a las comunidades expuestas a impactos recurrentes.
La tendencia es clara: aumento en la frecuencia de eventos, deterioro de la calidad del agua y pérdida de biodiversidad. Sin intervenciones estructurales que restauren la conectividad hídrica y reduzcan la carga de nutrientes, el sistema continuará degradándose.
La mortandad de peces en la Ciénaga Grande no es un evento aislado, sino la manifestación visible de un ecosistema que ha perdido su capacidad de autorregulación. En un contexto de cambio climático y presión antrópica creciente, la recuperación de este sistema exige decisiones que trasciendan lo técnico y enfrenten las causas estructurales del deterioro, donde la conservación deje de ser un discurso y se convierta en una prioridad efectiva en la gestión del territorio.
Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.
