Manglares que respiran carbono: la apuesta azul de Cispatá frente a la marea extractiva

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Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga


El sol del mediodía caribeño se filtra entre raíces que emergen del barro como dedos retorcidos, mientras un grupo de mujeres con botas hasta la rodilla planta plántulas de mangle rojo en un terreno que, hasta hace poco, parecía perdido para siempre. En la Bahía de Cispatá, entre los departamentos de Córdoba y Sucre, este ritual repetido desde 2020 cobra nueva intensidad en mayo de 2026. No es solo reforestación: es una carrera contra el reloj para restaurar uno de los pulmones azules más vitales del Caribe colombiano, donde el proyecto Vida Manglar convierte degradación histórica en una herramienta viva contra la crisis climática. Pero debajo de las raíces que se afianzan, persisten presiones que amenazan con deshacer lo avanzado.


Situada en la cuenca baja del río Sinú, en la costa norte de Colombia, la Bahía de Cispatá alberga uno de los complejos de manglar mejor conservados del país, con extensiones que superan las 9.000 hectáreas en el área de intervención directa. Estos bosques intermareales forman un ecosistema de transición entre tierra y mar, caracterizado por alta productividad primaria, filtración de sedimentos y protección contra tormentas. Su contexto ecológico es clave: manglares como estos almacenan hasta cuatro veces más carbono por hectárea que bosques tropicales terrestres, actuando como sumideros azules. El fenómeno actual gana relevancia en 2026 porque coincide con la implementación acelerada del proyecto Vida Manglar de Conservation International y socios locales, justo cuando pronósticos de El Niño advierten mayor vulnerabilidad costera por erosión y salinización.


Lo que ocurre exactamente es una restauración a gran escala combinada con conservación: desde 2020, se han intervenido más de 7.500 hectáreas, con avances notables en 2025-2026 que incluyen siembra comunitaria y monitoreo de captura de carbono. Sin embargo, esto ocurre en paralelo a amenazas persistentes como expansión ganadera, acuicultura ilegal y contaminación upstream.

Las causas estructurales hunden raíces en décadas de conversión de manglares para ganadería, arroz y camarón, agravadas por el cambio en los regímenes hidrológicos del Sinú por represas upstream y deforestación en la cuenca. El modelo extractivo costero prioriza usos de corto plazo sobre la resiliencia ecosistémica, mientras el calentamiento oceánico y acidificación complican la regeneración natural.


En la escena intervienen Conservation International, el Ministerio de Ambiente, Corpocórdoba, comunidades afrodescendientes y pescadoras organizadas, junto a científicos del Invemar y Humboldt. Mujeres líderes locales han tomado protagonismo en la siembra y vigilancia, transformando el proyecto en un ejemplo de gobernanza comunitaria. Empresas de acuicultura y ganaderos cercanos representan la contraparte de tensiones productivas.

Aquí los intereses chocan frontalmente: por un lado, el potencial económico de créditos de carbono azul y ecoturismo sostenible; por otro, la presión por tierra productiva y exportaciones agrícolas. Territorialmente, las comunidades reclaman derechos ancestrales sobre territorios que han cuidado por generaciones, mientras políticamente el caso prueba la viabilidad de Colombia como actor en finanzas climáticas azules.


En Cispatá, las familias que dependen de la pesca artesanal y la recolección ven en los manglares restaurados una muralla contra huracanes y una despensa de cangrejos y peces. Pero la erosión residual y la contaminación siguen cobrando factura en zonas no intervenidas, desplazando el peso hacia quienes menos contribuyeron a la degradación original.

Los números pintan un panorama de esperanza mesurada: el proyecto busca capturar y almacenar decenas de miles de toneladas de CO₂ equivalente en los próximos años; Colombia cuenta con alrededor de 280.000 hectáreas de manglar totales, de las cuales Cispatá representa un porcentaje estratégico en el Caribe. Comparado con la década anterior, la tasa de pérdida neta ha disminuido en el área del proyecto, pero a nivel nacional los manglares siguen perdiendo superficie por conversión (tendencia regional en el Pacífico y Caribe latinoamericano). La escala es local-transformadora pero contribuye a metas globales de blue carbon.


Científicamente, los manglares operan como máquinas biológicas de secuestro: sus raíces anóxicas atrapan carbono orgánico en sedimentos por siglos, mientras la vegetación filtra nutrientes y metales pesados. Especies como Rhizophora mangle y Avicennia germinans crean hábitats estructurales complejos que sustentan juveniles de especies comerciales y biodiversidad única, incluyendo aves migratorias y invertebrados. El mecanismo clave es la acumulación de turba y la baja descomposición en condiciones salinas-anóxicas, que contrarresta emisiones y protege costas mediante disipación de energía de olas. Cambios en salinidad o sedimentos alteran estos procesos, afectando reclutamiento de plántulas y resiliencia.

Datos que hablan por sí solos: más de 9.128 hectáreas bajo manejo mejorado en Cispatá; inversión proyectada cercana a 7 millones de dólares en 10 años; almacenamiento potencial de carbono que multiplica por cuatro al de selvas terrestres; reducción observable en erosión costera en parcelas restauradas versus controles; y comparación con manglares degradados vecinos que pierden hasta 1-2 metros de línea costera anual. La tendencia en el proyecto muestra recuperación gradual de cobertura, contrastando con la pérdida histórica regional.


Mirando más profundo, persisten vacíos: el monitoreo de carbono a largo plazo aún enfrenta desafíos metodológicos, y la articulación entre proyectos de carbono y derechos territoriales no siempre es fluida. Debilidades institucionales se evidencian en la lentitud para controlar actividades ilegales upstream que siguen llegando sedimentos y contaminantes. Lo que rara vez se menciona es cómo los incentivos económicos globales por carbono azul pueden, sin safeguards fuertes, desplazar presiones hacia otras zonas vulnerables o generar conflictos intra-comunitarios.

La fricción es tangible en las reuniones locales: pescadores celebran más capturas cerca de manglares sanos, pero ganaderos y operadores de piscinas cercanas resisten límites al uso de suelo. Responsabilidad estructural recae en patrones históricos de uso de tierra y gobernanza fragmentada de cuencas, que chocan con compromisos internacionales como el Acuerdo de París y la Convención Ramsar. Este caso desnuda la paradoja de modelos de desarrollo que degradan los mismos ecosistemas que ahora se intenta valorizar como activos climáticos.


La restauración en Cispatá enseña, casi como un aula al aire libre, que los manglares no son solo barreras verdes: son infraestructuras naturales vivas que conectan océano, río y comunidades en un solo ciclo. Su éxito dependerá de si Colombia logra alinear economía azul con justicia territorial, o si las mareas extractivas terminarán ganando terreno nuevamente.

Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.

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