Un niño de San Marcos, Sucre, come un plato de bagre del río San Jorge con la misma naturalidad con la que sus abuelos lo hicieron toda la vida. Lo que nadie ve es el mercurio que se acumula en su sistema nervioso, en sus riñones y en el de sus vecinos. En los primeros meses de 2026, nuevos muestreos y alertas de autoridades ambientales confirmaron que la contaminación por mercurio proveniente de la minería en el Bajo Cauca sigue llegando, año tras año, a los humedales y caños de La Mojana, una de las zonas más productivas y vulnerables del Caribe colombiano. No es un accidente puntual: es el resultado de un flujo tóxico que lleva décadas sin control efectivo.
La Mojana, ubicada en la Depresión Momposina entre los departamentos de Sucre, Bolívar, Córdoba y Antioquia, es un vasto complejo de humedales, ciénagas y bosques inundables que actúa como esponja natural y despensa alimentaria para más de 500.000 personas. Este ecosistema recibe las aguas del río Cauca y sus afluentes, creando un laberinto de canales donde la productividad pesquera y agrícola ha sostenido culturas ribereñas durante generaciones. El fenómeno cobra relevancia ahora porque, pese a planes de remediación anunciados, los niveles de mercurio en sedimentos y peces no han bajado significativamente, agravados por temporadas de sequía que concentran el tóxico y por la persistencia de minería ilegal upstream.
Lo que está ocurriendo es la continua llegada de mercurio elemental y metilmercurio desde operaciones mineras en el Bajo Cauca, que se deposita en los sedimentos de La Mojana, entra en la cadena alimentaria acuática y termina en el pescado que consumen las comunidades locales. Estudios y reportes institucionales de 2025-2026 muestran que esta transferencia no se ha detenido.
Las causas estructurales son profundas: la minería de oro ilegal y semiformal en el Bajo Cauca usa mercurio de manera intensiva para amalgamación, liberando toneladas del metal pesado que viajan por el río Cauca hacia los humedales downstream. A esto se suman la debilidad en el control territorial, la pobreza rural que empuja a más personas hacia la minería, y la lentitud en la transición a tecnologías limpias. El cambio climático, con sus ciclos de sequía e inundación extrema, actúa como amplificador al concentrar contaminantes o redistribuirlos por grandes áreas.
En este drama intervienen el Ministerio de Ambiente, Corpomojana, autoridades de los cuatro departamentos, comunidades afrodescendientes e indígenas, pescadores organizados, y científicos del Instituto Humboldt e Invemar que realizan monitoreos. Upstream, mineros legales e ilegales y compradores de oro completan el mapa de actores. Organizaciones como WWF y la Procuraduría han documentado la cadena de responsabilidades.
Los intereses económicos giran alrededor del oro: miles de millones en extracción informal que genera empleo inmediato pero destruye el capital natural a largo plazo. Políticamente, la región se convierte en campo de batalla entre promesas de formalización minera y la urgencia de declarar zonas de exclusión ambiental. Territorialmente, las comunidades ancestrales defienden su derecho a un ambiente sano y a seguir viviendo de los humedales que han cuidado por siglos.
Aquí el peso recae de lleno sobre las familias ribereñas y los ecosistemas acuáticos. Mientras las ganancias del oro fluyen hacia cadenas de comercialización lejanas, los pescadores ven disminuir sus capturas de especies sanas, los niños enfrentan riesgos neurológicos irreversibles y las futuras cosechas agrícolas cargan con suelos contaminados.
Los números son implacables: Colombia es uno de los países con mayor emisión de mercurio por minería en la región; se estiman 16,85 toneladas anuales vertidas solo en el departamento del Cauca en años recientes, con una porción significativa llegando al Cauca y Mojana; concentraciones en peces superan en varios puntos los límites seguros de la OMS (0,5-1 µg/g); más de 500.000 personas en La Mojana expuestas indirectamente; y una tendencia clara de persistencia de contaminación a pesar de operativos de erradicación. Comparado con mediciones de hace una década, los niveles en sedimentos no han disminuido de forma significativa, mientras que geográficamente el impacto se extiende desde Antioquia hasta el Caribe. La escala es regional y transgeneracional.
Desde la biología y la química, el mercurio se transforma en metilmercurio por bacterias en ambientes anaeróbicos de humedales, proceso que lo hace altamente liposoluble y bioacumulable. Sube por la cadena trófica —del plancton a los peces depredadores— y afecta el sistema nervioso central, reproducción y comportamiento de especies acuáticas. En humanos, genera daños neurológicos, especialmente en el desarrollo fetal. Los humedales de La Mojana, que normalmente filtran y depuran, se saturan y se convierten en reservorios tóxicos cuando la carga supera su capacidad natural de secuestro.
El análisis crítico revela vacíos preocupantes: el monitoreo es irregular y los datos no siempre se traducen en acciones preventivas rápidas. Debilidades institucionales saltan a la vista en la falta de coordinación efectiva entre upstream y downstream, y en la insuficiencia de alternativas económicas para mineros. Lo que no se dice con suficiente fuerza es cómo el consumo global de oro y la demanda de minerales para la “transición energética” mantienen incentivos perversos que perpetúan esta contaminación. Las contradicciones son evidentes entre políticas de formalización minera y la realidad de ecosistemas colapsando.
La tensión es diaria y estructural. Comunidades presentan tutelas y denuncias, exigiendo remediación real y apoyo productivo alternativo, mientras enfrentan respuestas fragmentadas y operativos que no atacan las raíces del problema. Los responsables directos son los operadores de minería ilegal, pero estructuralmente recae en un Estado que no ha logrado romper el ciclo extractivo- contaminante en territorios de alta vulnerabilidad. Este caso encarna la crisis de pérdida de biodiversidad, contaminación emergente y modelos extractivos que chocan con el Acuerdo de París y metas de salud ambiental.
La Mojana no es solo un humedal contaminado: es el espejo de cómo Colombia maneja —o no— el legado tóxico de su riqueza mineral. Mientras el mercurio sigue circulando en silencio por el agua y los cuerpos, la verdadera prueba de voluntad política estará en si se prioriza la restauración integral y la transición justa antes de que una generación completa pague con su salud el precio del oro de hoy.
Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.
