A casi una década de su firma, el Acuerdo de París continúa siendo el punto de inflexión más importante en la lucha contra el cambio climático. Firmado en 2015 por 195 países, este pacto pretendía limitar el calentamiento global a 1,5 °C sobre los niveles preindustriales. Hoy, sin embargo, la realidad científica demuestra que las promesas diplomáticas no han logrado frenar la fiebre del planeta.
El año 2024 cerró como el más cálido jamás registrado, con un aumento promedio de 1,43 °C, según la Organización Meteorológica Mundial. Este dato no es un número abstracto: significa glaciares que desaparecen en los Andes, arrecifes que blanquean en el Caribe y cosechas que se marchitan en África y Asia. Cada décima de grado representa un impacto directo sobre la estabilidad de los ecosistemas y sobre millones de vidas humanas.
Los compromisos asumidos en París —las llamadas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC)— fueron un paso histórico, pero insuficiente. De los 195 países firmantes, menos del 20 % ha cumplido plenamente sus metas de reducción de emisiones. Estados Unidos, China e India, responsables de más del 50 % de las emisiones globales, siguen dependiendo fuertemente del carbón, el petróleo y el gas. La transición energética, prometida como una revolución, avanza a un ritmo menor que el cambio climático que intenta contener.
En América Latina, la paradoja se repite: mientras se multiplican los discursos sobre economía verde, continúan los subsidios a los combustibles fósiles y la expansión de proyectos extractivos. Brasil explora nuevas fronteras petroleras en la Amazonía, México apuesta por refinerías y Colombia debate entre la sostenibilidad y la renta petrolera. Los bosques tropicales —los pulmones del mundo— se talan a razón de miles de hectáreas por día, incluso en países que se autodenominan guardianes del clima.
El Acuerdo de París introdujo un concepto innovador: la justicia climática. Reconoció que los países industrializados, responsables históricos del calentamiento, deben apoyar a las naciones más vulnerables con financiamiento y tecnología. Sin embargo, los fondos prometidos —100 000 millones de dólares anuales— siguen sin materializarse plenamente. La brecha entre el norte y el sur global continúa creciendo, ahora teñida de sequías, migraciones y pérdida de biodiversidad.
Para los científicos del IPCC, el margen de error se reduce cada año. El planeta se encamina hacia un aumento de entre 2,4 °C y 2,8 °C para finales de siglo, incluso si se cumplen las metas actuales. Eso significa más incendios, huracanes extremos, crisis hídricas y desplazamientos masivos. “La Tierra está cambiando más rápido de lo que la política puede reaccionar”, advierte la climatóloga colombiana Diana Castellanos. Su afirmación resume la tensión central de nuestro tiempo: la ciencia urge, pero la política titubea.
En este contexto, la esperanza no proviene de los gobiernos, sino de la sociedad civil. Jóvenes activistas como Greta Thunberg, Helena Gualinga o Francisco Vera, junto a movimientos como Fridays for Future, han transformado la indignación en acción colectiva. La ciencia puede medir la temperatura del planeta, pero son las voces humanas las que pueden reavivar su conciencia.
El poeta Gary Snyder escribió que “la naturaleza no es un lugar que visitar, es el hogar”. Esa noción, simple y poderosa, resume lo que el Acuerdo de París quiso —pero no logró aún— convertir en realidad política. Proteger el clima no es un gesto ecológico; es un acto de pertenencia.
Si algo ha demostrado esta década, es que la humanidad no necesita más promesas, sino decisiones valientes. El Acuerdo de París encendió una chispa global. Ahora, mantenerla viva dependerá de la voluntad de cada país, de cada comunidad y de cada ciudadano que entienda que el tiempo de actuar no es mañana, sino hoy.
