Observatorium Ambiental, octubre de 2025
En las montañas húmedas de Santander y Boyacá, donde la neblina se posa sobre los helechos y los caminos se llenan del eco de los tiples campesinos, la ciencia encontró dos voces que croan al ritmo de la cultura. Se trata de Pristimantis jorgevelosai y Pristimantis carranguerorum, dos especies de ranas descubiertas por investigadores de la Universidad Nacional de Colombia y bautizadas en honor al músico y biólogo Jorge Velosa Ruiz y a su grupo Los Carrangueros de Ráquira. Un gesto que une, de manera poética y precisa, la música de la tierra con la biodiversidad que la sostiene.
El hallazgo del Pristimantis jorgevelosai se remonta a 1986 en la finca El Diviso, en el municipio de Tona, Santander, cuando un grupo de herpetólogos identificó un pequeño anfibio que habitaba entre hojas húmedas y quebradas de montaña. Ocho años después, en 1994, el reconocido investigador John D. Lynch y su equipo describieron oficialmente la especie y la nombraron en homenaje a Jorge Velosa, reconociendo su aporte al arte, la cultura y la identidad campesina del país.
Años más tarde, otra especie del mismo género sería descubierta y bautizada como Pristimantis carranguerorum, en honor al grupo musical que acompañó la voz de Velosa y dio vida a un género que fusiona la alegría del campo con la conciencia ecológica. Así, la música carranguera, nacida entre montañas, se transformó en un símbolo vivo dentro de los bosques que inspiraron sus melodías.
Estos nombramientos trascienden el simple gesto simbólico. Representan un diálogo entre ciencia y arte, entre el conocimiento académico y la sabiduría popular. En un país donde la biodiversidad y la cultura comparten raíces profundas, reconocer la conexión entre la fauna nativa y las expresiones culturales significa también reivindicar una forma de mirar el territorio con respeto y pertenencia.
Los investigadores resaltan que estas especies de Pristimantis cumplen un papel esencial en los ecosistemas andinos. Como bioindicadores, su presencia o ausencia permite evaluar la salud de los bosques y la calidad del agua. En tiempos de crisis climática y pérdida acelerada de hábitats, su conservación se vuelve una tarea urgente, tanto para la ciencia como para las comunidades que dependen del equilibrio ecológico.
Desde la perspectiva de la educación ambiental, estas ranas se han convertido en herramientas pedagógicas vivas. Diversos programas de divulgación han incorporado sus historias en talleres escolares, museos y reservas naturales, para enseñar que la protección del ambiente también puede cantarse, bailarse y celebrarse. La biología, en este caso, se mezcla con la memoria y la música.
El caso de Pristimantis jorgevelosai y P. carranguerorum demuestra que la conservación no solo necesita datos y gráficos, sino también narrativas que conecten emocionalmente con la sociedad. Cuando la gente descubre que una rana lleva el nombre de un músico que admira, el mensaje ambiental se humaniza, y la ciencia se vuelve más cercana y amable.
Este tipo de iniciativas refleja una tendencia creciente en la biología contemporánea: la de integrar el conocimiento científico con la identidad cultural. Nombrar especies en honor a artistas, líderes comunitarios o guardianes del territorio es una forma de reconocer que la biodiversidad no existe en aislamiento, sino entrelazada con la historia y el lenguaje de quienes la habitan.
Como expresó una de las investigadoras del proyecto, “no hay mejor homenaje a un músico que darle su nombre a un canto de vida”. Y es que, en última instancia, las ranas y la carranga comparten la misma misión: recordarnos que la tierra tiene ritmo, que la naturaleza suena, y que escucharla es el primer paso para protegerla.
Así, en los bosques donde resuena la bruma y el silencio canta, dos pequeñas ranas continúan su sinfonía biológica, llevando en su nombre el eco de una guitarra campesina. La ciencia y la música, una vez más, se encuentran en un mismo acorde: el de la vida.
