Relato de un pobre diablo.Dicen que después de la gran guerra que se formó en los cielos,

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Dicen que después de la gran guerra que se formó en los cielos, cuando el ángel de la luz se rebeló contra su creador, el universo tembló en silencio. Luzbel, con su orgullo intacto, levantó un ejército de inconformes: almas luminosas que desafiaron el orden eterno. La batalla fue tan inmensa que aún los astros la recuerdan. Cuando el polvo celestial se disipó, el arcángel Miguel, espada en alto, había vencido al dragón. Los rebeldes fueron expulsados, arrojados a la oscuridad sin nombre, donde el eco de su caída aún vibra entre los vientos del tiempo.

Y así, dicen, nació la tierra. Un refugio de exiliados, un escenario donde los antiguos ángeles se disfrazaron de hombres. Pasaron milenios, las eras se sucedieron, y aquellos seres caídos olvidaron su origen. Construyeron templos, ciudades, máquinas, sistemas y leyes; inventaron la palabra progreso, y bajo su brillo aprendieron a adorar su propio reflejo.

Un día, un hombre —un pobre diablo entre millones— despertó con una lucidez dolorosa. Miró al cielo y ya no vio nada sagrado. Solo un manto de humo, luces artificiales y promesas vacías. Sintió que el aire pesaba, que los árboles lloraban sin voz, que el agua tenía sabor a hierro. Y entonces entendió: no era un hijo de Dios, era uno de aquellos demonios que un día cayeron del cielo.

Su revelación no trajo gloria, sino un abismo interior. Veía rostros amables, pero todos llevaban máscaras. Comprendió que los hombres eran demonios disfrazados de virtud: seres que se alimentaban de los débiles, que comerciaban con la esperanza y que habían hecho del sufrimiento una costumbre. La tierra, pensó, es un infierno construido con leyes y rezos.

Miró alrededor y todo le pareció una farsa. Políticos, sacerdotes, empresarios… todos adoraban al mismo dios invisible: el poder. En su mirada cansada vio una cadena infinita de jerarquías demoníacas: los grandes devoraban a los pequeños, los poderosos expulsaban a los humildes, los olvidados morían sin nombre. No había justicia, solo dominio. No había redención, solo miedo.

El hombre —que ya aceptaba su naturaleza caída— se preguntó si alguna vez el bien había existido. Tal vez el bien era solo un espejismo inventado para calmar la culpa. Si todos éramos demonios, entonces ¿a quién podíamos engañar? Había en él una tristeza tan profunda que ya no sabía si lloraba por sí mismo o por toda la humanidad.

Recordó haber escuchado que solo los humanos entierran a sus muertos. Que el funeral es su último acto de amor. Pero pensó que en realidad es un acto de soberbia: se entierra al cuerpo, no a la culpa; se honra al muerto, pero se olvida su historia. En este mundo de demonios, incluso el duelo es una representación más del ego.

Vio parejas jurando amor eterno y amistades construidas sobre la conveniencia. Observó cómo el amor se marchitaba en los altares del interés y la rutina. En un planeta lleno de ruido, el silencio era lo único puro. Comprendió que la felicidad era un destello breve, un accidente entre dos tragedias. Que el dolor, en cambio, era constante y fiel como una sombra.

Entonces levantó la vista y habló con un dios que ya no estaba. “Dame dicha, aunque sea por un instante —susurró—, porque en este mundo de porquería incluso los demonios merecen descansar.” Pero el cielo permaneció mudo. Ni trueno ni respuesta, solo el eco de su propia voz perdida entre las ruinas del alma.

Sin embargo, en medio de su desesperanza, descubrió algo distinto. En los ojos de un niño que reía, en el vuelo de un ave sobre un basurero, en una flor que crecía entre el concreto. Allí comprendió que aún en el infierno hay belleza, y que quizás esa belleza es el último lenguaje de los caídos.

El pobre diablo decidió entonces seguir viviendo, no por redención, sino por asombro. Aprendió que la esperanza no se busca, se inventa. Que el amor, aunque breve y frágil, sigue siendo un milagro. Que incluso los demonios pueden llorar frente a un amanecer y sentir que algo los purifica.

Y así camina todavía, entre sombras y luces, sabiendo que la humanidad no cayó: nació caída. Que todos llevamos alas rotas y sueños fragmentados. Que ser demonio no es maldición, sino conciencia. Porque solo quien ha tocado el fondo del abismo puede mirar al cielo y reconocer su ausencia.

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