La COP30, celebrada en Belém do Pará, Brasil, fue presentada como una cumbre histórica por realizarse en el corazón de la Amazonía. Sin embargo, su cierre dejó un balance ambivalente: progresos en mecanismos de financiamiento climático, pero una notable incapacidad para establecer compromisos vinculantes de eliminación progresiva de los combustibles fósiles.
Según el comunicado final de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), los países acordaron ampliar los fondos destinados a adaptación y pérdidas y daños. El Fondo Verde para el Clima anunció nuevas líneas de crédito para infraestructura resiliente y restauración de ecosistemas en países en desarrollo.
No obstante, el documento evitó comprometer un calendario claro para abandonar el petróleo, el gas y el carbón. Esta omisión contradice directamente las advertencias del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que ha señalado que limitar el calentamiento a 1,5 °C exige reducir drásticamente la producción fósil antes de 2035.
Científicos del Stockholm Environment Institute recordaron durante la cumbre que los actuales planes de extracción global conducirían a más del doble de las emisiones compatibles con los objetivos climáticos. En otras palabras, los gobiernos siguen aprobando proyectos que vuelven matemáticamente imposible cumplir el Acuerdo de París.
La ubicación amazónica de la COP30 intensificó las críticas. Organizaciones como WWF y Greenpeace denunciaron la contradicción entre discursos de protección y la continuidad de subsidios a la industria fósil, que según el Fondo Monetario Internacional superan los 7 billones de dólares anuales a nivel global.
Delegaciones de países latinoamericanos insistieron en que la región enfrenta una doble presión: alta vulnerabilidad climática y dependencia económica de materias primas. Estudios del Banco Interamericano de Desarrollo confirman que América Latina es una de las zonas con mayor exposición a sequías, eventos extremos y pérdida de productividad agrícola.
Desde el ámbito social, la presencia de pueblos indígenas marcó uno de los ejes más sólidos de la cumbre. Investigaciones del World Resources Institute muestran que los territorios indígenas presentan las tasas más bajas de deforestación del planeta, reforzando la idea de que la protección climática pasa necesariamente por el reconocimiento de derechos territoriales.
A pesar de los anuncios financieros, expertos advierten que sin un viraje estructural en los sistemas energéticos y productivos, los fondos se limitarán a gestionar crisis cada vez más frecuentes, en lugar de prevenirlas.
COP30 cerró sin romper con el modelo que origina la emergencia climática. La ciencia fue clara. La política, una vez más, eligió la cautela.
En Observatorium Ambiental creemos que no hay transición posible mientras se siga negociando la velocidad del colapso.
No es falta de soluciones; es falta de decisión.
