Por Observatorium Ambiental – Bucaramanga
En un continente atravesado por selvas megadiversas, cordilleras estratégicas y territorios en disputa, la gobernanza ambiental se ha convertido en un campo de tensión entre derechos, recursos y poder. En este contexto, América Latina y el Caribe avanzan en la consolidación del Acuerdo de Escazú, el primer tratado regional que busca garantizar el acceso a la información ambiental, la participación ciudadana y la justicia en asuntos ecológicos. La reciente conferencia regional ha puesto en evidencia tanto los avances institucionales como las profundas brechas que aún persisten en su implementación efectiva.
El Acuerdo de Escazú, adoptado en 2018 bajo el marco de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), representa un hito en la historia del derecho ambiental internacional. Su enfoque no se limita a la protección de ecosistemas, sino que reconoce la dimensión democrática de la sostenibilidad. Como ha señalado la jurista ambiental Alicia Bárcena, este tratado “coloca a las personas en el centro de la acción climática”, una afirmación que redefine la relación entre ciudadanía, Estado y naturaleza.
Sin embargo, la relevancia del acuerdo se vuelve más evidente al contrastarla con la realidad regional. Según informes de organismos como Naciones Unidas y organizaciones especializadas, América Latina sigue siendo la región más peligrosa del mundo para los defensores ambientales. Colombia, en particular, registra cifras alarmantes de amenazas y asesinatos contra líderes que protegen territorios, bosques y fuentes hídricas. Esta situación revela una paradoja crítica: mientras se fortalecen los marcos normativos, persisten condiciones estructurales de violencia que limitan su aplicación.
Desde una perspectiva institucional, el Acuerdo de Escazú introduce tres pilares fundamentales: acceso a la información ambiental, participación pública en la toma de decisiones y acceso a la justicia en temas ecológicos. Estos principios no son meramente declarativos; implican transformaciones concretas en la forma en que los Estados gestionan el conocimiento ambiental. En Colombia, entidades como el Sistema Nacional Ambiental (SINA) y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) han avanzado en la generación de datos abiertos, aunque aún existen desafíos en su accesibilidad y uso efectivo por parte de las comunidades.
El acceso a la información, por ejemplo, no se limita a la disponibilidad de datos, sino a su comprensión. Indicadores como la calidad del aire, los niveles de contaminación hídrica o la deforestación requieren procesos de traducción técnica para ser útiles en la toma de decisiones ciudadanas. En este sentido, el acuerdo plantea un reto pedagógico: democratizar el conocimiento científico sin perder rigor. Esta dimensión ha sido ampliamente discutida por autores como Enrique Leff, quien ha insistido en la necesidad de construir una “racionalidad ambiental” basada en el diálogo entre saberes.
La participación pública, segundo pilar del acuerdo, enfrenta obstáculos relacionados con la desigualdad territorial. En regiones rurales o periféricas, donde se concentran muchos conflictos ambientales, las comunidades suelen carecer de mecanismos efectivos para incidir en decisiones que afectan sus territorios. Proyectos extractivos, infraestructura energética o expansión agrícola se desarrollan, en muchos casos, sin procesos de consulta suficientemente robustos. Escazú busca corregir esta asimetría, pero su implementación requiere voluntad política y fortalecimiento institucional.
El tercer pilar, el acceso a la justicia ambiental, es quizás uno de los más complejos. Implica no solo la existencia de tribunales y normas, sino la capacidad real de las personas para hacer valer sus derechos. Esto incluye desde la protección de líderes ambientales hasta la sanción de delitos ecológicos. En Colombia, la jurisprudencia ha avanzado significativamente en este campo, con fallos que reconocen derechos a la naturaleza, como el caso del río Atrato. Sin embargo, la aplicación efectiva de estas decisiones sigue siendo un desafío.
A nivel regional, la conferencia reciente del Acuerdo de Escazú ha servido como un espacio de evaluación y proyección. Los países participantes han discutido mecanismos para fortalecer la cooperación, compartir buenas prácticas y enfrentar desafíos comunes. Entre estos, destaca la necesidad de proteger a los defensores ambientales, mejorar los sistemas de información y garantizar que la participación ciudadana no sea un proceso simbólico, sino vinculante.
Desde una perspectiva más amplia, el acuerdo también se conecta con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente aquellos relacionados con instituciones sólidas, acción climática y vida de ecosistemas terrestres. Su implementación efectiva podría contribuir no solo a la protección ambiental, sino a la consolidación de democracias más inclusivas y resilientes. En este sentido, Escazú no es únicamente un tratado ambiental, sino un instrumento de transformación social.
No obstante, el camino hacia su consolidación está lejos de ser lineal. Las tensiones entre desarrollo económico, intereses corporativos y derechos ambientales continúan marcando la agenda regional. Como advierte el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, los conflictos ambientales son, en esencia, conflictos por el control del territorio y del conocimiento. Escazú, en este escenario, se convierte en un campo de disputa donde se redefine quién tiene voz y poder en las decisiones que afectan el futuro del planeta.
La relevancia de este proceso radica, finalmente, en su capacidad de transformar la relación entre Estado y ciudadanía en materia ambiental. Más allá de los discursos, su éxito dependerá de la implementación real en los territorios, donde se juegan las verdaderas dinámicas de sostenibilidad. En un continente donde la riqueza natural convive con profundas desigualdades, el Acuerdo de Escazú representa tanto una oportunidad histórica como un desafío estructural.
En última instancia, proteger el ambiente en América Latina implica también proteger a quienes lo defienden. Sin garantías para la vida, no hay sostenibilidad posible ni democracia ambiental que pueda sostenerse en el tiempo.
Observatorium Ambiental: conocimiento para la acción ecológica.