El planeta atraviesa uno de los periodos climáticos más críticos jamás registrados por la ciencia moderna. Los incendios forestales, las sequías extremas y las olas de calor están aumentando simultáneamente en varios continentes mientras la temperatura global continúa rompiendo récords históricos. Lo que antes eran eventos excepcionales hoy comienzan a consolidarse como parte de una nueva normalidad climática impulsada por el calentamiento global y agravada por el posible fortalecimiento del fenómeno El Niño durante el segundo semestre de 2026.
De acuerdo con investigadores del World Weather Attribution, una de las principales redes científicas dedicadas al análisis de eventos climáticos extremos, durante los primeros meses de 2026 ya se han quemado más de 150 millones de hectáreas en el mundo. La cifra representa un incremento cercano al 50 % respecto al promedio reciente y prácticamente duplica las áreas afectadas durante el mismo periodo en 2024. El dato no solo preocupa por la magnitud territorial, sino porque gran parte de la temporada crítica de incendios aún no comienza en regiones altamente vulnerables como la Amazonía, Canadá, Australia y el oeste de Estados Unidos.
Los científicos advierten que el aumento sostenido de la temperatura global está creando condiciones atmosféricas cada vez más favorables para los megaincendios. Sequías prolongadas, olas de calor más intensas, baja humedad en los suelos y cambios extremos en los patrones de lluvia están transformando ecosistemas completos en combustible seco listo para arder. Según el Imperial College de Londres, prácticamente todos los eventos extremos analizados en los últimos años muestran una influencia significativa del cambio climático antropogénico en su intensidad y probabilidad de ocurrencia.
Las proyecciones para América Latina son particularmente alarmantes. La Amazonía, considerada uno de los principales reguladores climáticos del planeta, podría enfrentar nuevamente incendios masivos similares o incluso peores que los ocurridos entre 2023 y 2024. Durante aquella crisis ambiental, más de 30 millones de personas en Brasil, Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador y Venezuela fueron afectadas por humo, aislamiento de comunidades, interrupción de transporte fluvial y pérdida acelerada de biodiversidad.
Los investigadores advierten que un eventual fortalecimiento de El Niño podría agravar drásticamente la situación. Este fenómeno altera las corrientes atmosféricas y reduce las precipitaciones en zonas tropicales estratégicas, aumentando el riesgo de sequías severas y temperaturas extremas. Aunque todavía no existe consenso sobre si 2026 experimentará un “super Niño”, los modelos climáticos coinciden en que incluso un episodio moderado podría intensificar incendios forestales a niveles históricos.
Mientras tanto, los océanos continúan absorbiendo enormes cantidades de calor. Las temperaturas superficiales marinas globales se acercan nuevamente a máximos históricos y en algunos días incluso han superado los récords registrados durante 2024. Paralelamente, el hielo marino del Ártico alcanzó uno de sus niveles más bajos jamás documentados para esta época del año, evidenciando el acelerado desequilibrio climático planetario. Sin embargo, uno de los aspectos menos visibles de esta crisis es su impacto sobre la salud pública.
El humo generado por incendios forestales contiene partículas ultrafinas, monóxido de carbono, dióxido de nitrógeno, compuestos orgánicos tóxicos y metales pesados capaces de penetrar profundamente en el sistema respiratorio y cardiovascular. Investigaciones citadas por el IPCC y centros internacionales de salud estiman que la exposición al humo de incendios forestales provoca alrededor de 339 000 muertes anuales en el mundo.
La situación es especialmente grave en países de renta media y baja, donde los sistemas de salud carecen de capacidad suficiente para responder a emergencias respiratorias masivas. Los hospitales enfrentan aumentos sostenidos en consultas por asma, bronquitis, insuficiencia respiratoria y enfermedades cardiovasculares durante temporadas de incendios intensos.
Expertos en salud planetaria también alertan sobre efectos menos visibles pero igualmente devastadores: trastornos neurológicos, ansiedad, estrés postraumático y deterioro de la salud mental en comunidades expuestas continuamente a desastres climáticos. A esto se suma el impacto de las olas de calor extremas, consideradas actualmente uno de los fenómenos más letales asociados al cambio climático.
Según estimaciones científicas recientes, más de 546 000 personas mueren cada año por causas relacionadas con el calor extremo. Muchas de estas muertes ocurren silenciosamente en zonas rurales, campos agrícolas y barrios urbanos sin acceso adecuado a refrigeración, agua potable o infraestructura sanitaria.
La ciencia climática ya no habla únicamente de riesgos futuros. Los datos muestran que la crisis está ocurriendo ahora.
Los incendios de 2026 no son anomalías aisladas, sino síntomas de un sistema planetario sometido a presiones crecientes por décadas de emisiones de gases de efecto invernadero, deforestación masiva y dependencia de combustibles fósiles. Mientras las temperaturas continúan aumentando, también lo hace la posibilidad de alcanzar puntos de no retorno ecológicos capaces de alterar irreversiblemente ecosistemas fundamentales como la Amazonía.
El planeta no solo se está calentando. Está entrando en una era donde el fuego, la sequía y el calor extremo comienzan a redefinir la relación entre humanidad y naturaleza.
