SANTA MARTA Y EL DEBATE QUE EL MUNDO EVITÓ DURANTE DÉCADAS: ¿CÓMO ABANDONAR LOS COMBUSTIBLES FÓSILES?

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Por primera vez en la historia reciente de las negociaciones climáticas internacionales, más de 45 países y alrededor de 1000 organizaciones sociales, ambientales, científicas e indígenas se reunirán en América Latina para discutir directamente un tema que durante años permaneció relegado dentro de las cumbres globales: cómo abandonar progresivamente los combustibles fósiles sin provocar un colapso económico y social en los países dependientes del petróleo, el gas y el carbón.

La sede elegida no es casual.

Santa Marta, una de las ciudades más emblemáticas del Caribe colombiano, será el escenario de la Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, un encuentro impulsado por Colombia y Países Bajos que busca posicionar la discusión energética en el centro de la agenda climática mundial. La conferencia llega en un momento particularmente complejo para el planeta: mientras la ciencia exige reducir urgentemente las emisiones de gases de efecto invernadero, gran parte de las economías continúan dependiendo estructuralmente de los hidrocarburos para financiar sus presupuestos nacionales.


Actualmente, los combustibles fósiles son responsables de más del 75 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según organismos internacionales. A pesar de ello, las negociaciones climáticas históricamente han evitado discutir de manera frontal la reducción de la producción petrolera y carbonífera. El Acuerdo de París de 2015, por ejemplo, se concentró principalmente en metas de emisiones y compromisos nacionales, pero no estableció límites vinculantes sobre extracción de petróleo, gas o carbón.


Ese vacío político es precisamente lo que la conferencia de Santa Marta intenta confrontar.

La discusión ocurre además en medio de una geopolítica energética extremadamente inestable. Las guerras recientes, las tensiones internacionales y las crisis económicas han provocado que muchos países vuelvan a priorizar la seguridad energética sobre los compromisos climáticos. El resultado ha sido contradictorio: mientras crece la inversión en energías renovables, numerosos gobiernos también expanden proyectos de exploración petrolera y gasífera para garantizar estabilidad económica y abastecimiento interno.

América Latina representa perfectamente esa contradicción.



La región ha mostrado avances importantes en energías limpias durante la última década. Según la Agencia Internacional de la Energía, las inversiones en energías renovables aumentaron cerca de un 25 % en América Latina, mientras que la inversión en combustibles fósiles disminuyó en más del 20 %, especialmente en países como Brasil, Argentina y México. Sin embargo, la transición sigue siendo profundamente desigual.

Brasil, por ejemplo, lidera proyectos de energía solar y eólica en Sudamérica, pero simultáneamente impulsa nuevas exploraciones petroleras en zonas sensibles del Atlántico. México mantiene un discurso climático internacional mientras fortalece su industria petrolera estatal. Colombia, aunque promueve el debate sobre descarbonización global, continúa dependiendo económicamente de las exportaciones de carbón y petróleo para sostener parte de sus finanzas públicas.


El problema central no es únicamente energético. También es fiscal, territorial y social.

Millones de empleos, regalías regionales y presupuestos públicos dependen directa o indirectamente de la explotación de hidrocarburos. Departamentos enteros en Colombia, provincias petroleras en Ecuador o regiones gasíferas en Argentina sostienen buena parte de su economía alrededor de actividades extractivas. Una transición abrupta podría provocar crisis laborales, conflictos sociales y debilitamiento institucional si no existe una estrategia de diversificación económica.


Por eso, uno de los conceptos más repetidos dentro de la conferencia será el de “transición justa”.

La idea busca evitar que la descarbonización reproduzca nuevas desigualdades sociales. Expertos y organizaciones indígenas insisten en que abandonar los combustibles fósiles no puede significar simplemente reemplazar petróleo por megaproyectos renovables impuestos sobre territorios vulnerables. El debate incluye temas como consentimiento previo de comunidades, justicia climática, redistribución económica y protección de pueblos indígenas frente a nuevas formas de extractivismo energético.

Santa Marta simboliza precisamente esas tensiones.


La región Caribe colombiana concentra algunos de los proyectos de energía eólica y solar más ambiciosos del continente, además de iniciativas de hidrógeno verde promovidas como parte de la nueva economía energética. Pero al mismo tiempo, el territorio carga décadas de impactos derivados de la minería de carbón, conflictos ambientales y presiones sobre ecosistemas estratégicos como la Sierra Nevada de Santa Marta.

Los pueblos indígenas de la región advierten que cualquier transición energética debe reconocer el valor cultural y ecológico de sus territorios. Lideresas indígenas participantes han señalado que no puede existir una economía descarbonizada construida sobre nuevas formas de despojo territorial.


Mientras tanto, países insulares del Pacífico que participarán en la conferencia consideran que esta discusión ya no es ideológica sino existencial. Naciones como Fiji, Palau y Papúa Nueva Guinea enfrentan amenazas directas por el aumento del nivel del mar, erosión costera y eventos climáticos extremos. Para estos territorios, reducir combustibles fósiles significa literalmente sobrevivir.

La conferencia también pondrá sobre la mesa una pregunta incómoda para el sistema económico global: ¿es posible mantener el actual modelo de crecimiento sin depender masivamente de combustibles fósiles?


Aunque todavía no existen respuestas definitivas, lo que ocurre en Santa Marta podría influir en futuras negociaciones climáticas internacionales y redefinir parte del liderazgo ambiental del sur global. El encuentro busca construir una coalición de países dispuestos a acelerar la discusión incluso sin el respaldo total de las grandes potencias petroleras.


Más allá de declaraciones diplomáticas, lo que realmente está en juego es la velocidad con la que el planeta pueda abandonar un modelo energético que impulsó el desarrollo industrial moderno, pero que hoy también alimenta la crisis climática más grave registrada por la humanidad.

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