La cuenta regresiva ha comenzado. En pocos días, la ciudad amazónica de Belém do Pará, Brasil, abrirá sus puertas a la Cumbre del Clima COP30, un evento que reunirá a más de 190 países para discutir la hoja de ruta de la humanidad frente al calentamiento global. Será una cita simbólica y estratégica: diez años después del Acuerdo de París, el planeta llega con deudas ambientales, promesas incumplidas y una atmósfera más caliente que nunca —literalmente.
Según la Organización Meteorológica Mundial, los últimos tres años han sido los más cálidos registrados en la historia moderna. El 2024 cerró con una temperatura media 1,48 °C por encima de los niveles preindustriales, dejando al mundo peligrosamente cerca del límite crítico de 1,5 °C. Mientras tanto, incendios forestales, sequías extremas e inundaciones devastan territorios desde el Amazonas hasta el Mediterráneo.
La profesora Lara Lázaro, economista ambiental del Real Instituto Elcano, advierte que “no podemos esperar que la COP30 lo resuelva todo, pero sí debe marcar un punto de inflexión. Si no fijamos una hoja de ruta más ambiciosa, el calentamiento global superará los límites de seguridad antes de 2035.” Su diagnóstico es claro: la crisis climática se ha vuelto un espejo incómodo de nuestras prioridades económicas y políticas.
Los conflictos armados en Europa del Este, las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, y la incertidumbre global sobre la energía han desplazado el debate climático a un segundo plano. “El foco político hoy está más centrado en la seguridad económica que en la seguridad planetaria”, advierte Lázaro. El mundo llega dividido a Belém, en un momento donde más que discursos se necesitan compromisos medibles y transparentes.
La cumbre tendrá dos ejes clave: financiación climática y transición justa. Según la ONU, los países desarrollados deberían movilizar 1,3 billones de dólares antes de 2035 para apoyar a las naciones más vulnerables, una meta que sigue sin cumplirse. Sin ese flujo de fondos, los compromisos de reducción de emisiones quedan en papel. “La justicia climática no es caridad, es responsabilidad histórica”, recuerda la activista brasileña Marina Vieira, defensora de comunidades amazónicas desplazadas por la deforestación.
Otro punto decisivo será la presentación de los nuevos compromisos nacionales de descarbonización (NDC). La fecha límite para hacerlo venció en febrero de 2025, pero potencias como la Unión Europea y la India aún no los han entregado. La UE propone una reducción del 66 % al 72,5 % de sus emisiones para 2035 respecto a 1990, aunque el debate interno sigue abierto. Lázaro insiste: “Sería un error político que Europa llegue a Belém sin un objetivo ambicioso y coherente; perdería su liderazgo moral en la lucha climática.”
Mientras tanto, Estados Unidos continúa fuera del Acuerdo de París tras su segunda retirada, y China, el mayor emisor del planeta con el 30 % de las emisiones globales, se perfila como un actor decisivo. Su respaldo al multilateralismo podría definir el tono de la cumbre. Sin Pekín en la mesa de los compromisos, cualquier pacto sería incompleto.
Los científicos del IPCC advierten que la brecha de ambición actual podría llevar al planeta a un aumento de 2,7 °C para finales de siglo, un escenario catastrófico para los sistemas naturales y humanos. “La diferencia entre lo prometido y lo que realmente se hace es abismal”, resume el climatólogo colombiano Julián Castaño, quien participará en la delegación latinoamericana. “La COP30 debe ser el lugar donde se cierre esa brecha, no donde se agrande.”
En las calles de Belém, las organizaciones civiles preparan marchas y actividades educativas bajo el lema “A floresta fala por todos” (La selva habla por todos). Para ellos, el hecho de que la COP se celebre en el corazón amazónico no es casualidad: es una llamada de atención al mundo sobre la urgencia de proteger el bosque más grande del planeta, hoy amenazado por la minería ilegal y la deforestación que, según el INPE brasileño, ha destruido más de 11.500 km² solo en 2024.
En medio de la incertidumbre, una verdad emerge con fuerza: la COP30 no será recordada por las promesas que se firmen, sino por las acciones que logren ponerse en marcha desde ahora. Belém no puede ser solo una vitrina de discursos verdes, sino el punto donde la humanidad se mire al espejo y decida si aún queda tiempo para cambiar su destino.
“Cuando el último árbol caiga, el último río seque y el último aire limpio se contamine, no quedará más que el eco de nuestra indiferencia. Que Belém sea el amanecer y no el ocaso de nuestra esperanza.”
